Viaje distópico (Todos los imperios caerán)

Hubo un momento a finales de 2017 en que me di cuenta que ese año había visitado muchas ruinas. De hecho, es lo que vemos muchas veces al viajar, lo que despectivamente llamamos “piedras”. Pero me dio que pensar…todas esos yacimientos pertenecieron a imperios poderosos. Imperios que creían que durarían para siempre. Imperios que seguramente conocerían otros imperios anteriores, pero que estaban convencidos que, ellos sí, durarían toda la eternidad.

Por afinidad cultural conocemos los antiguos imperios romano y helénico, e incluso, por exotismo y “mediterraneidad”, el egipcio. También, por supuesto, los imperios europeos medievales, así como los coloniales español, portugués, francés y británico entre otros. Todos ellos creían que eran invencibles.

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Estuve en Estambul, centro del Imperio romano de Oriente, el Bizantino y el Otomano. Pero también tuve la suerte de visitar las ruinas de otros muchos, algunos de los cuales no sabía que existían. El impero mogol, por ejemplo, autor entre otros del Taj Mahal y que dominó gran parte de los territorios actuales de India, Pakistán, Bangladés, Nepal, Irán, Bután y Afganistán. Poca broma.

También estuve en los yacimientos mayas de Calakmul. A pesar de que los mayas no eran un imperio como tal, sino más bien un conjunto de ciudades-estado independientes, también tenían una organización en cierto modo imperial. Calakmul es poco conocido, pero en su tiempo abarcó gran parte de la península del Yucatán y fue mucho más poderoso que Chichén Itzá, Palenque y Tikal, en Guatemala, lugares mucho más famosos.

Sí, realmente visité muchas ruinas de antiguos imperios, que se considerarían a sí mismos invencibles. Algunos de ellos, mundialmente renombrados, como el jemer, que construyó los Templos de Angkor y que abarcó gran parte del sudeste asiático durante lo que fue nuestra Edad Media. Otros, en cambio, no había oído a hablar nunca de ellos, como el Reino de Axum. El predicador Mani lo consideró uno de los cuatro poderes del mundo junto al romano, chino y persa, dominando gran parte del nord-este africano subsahariano entre los siglos I y VI d.C. Nos dejó como legado un recinto arqueológico compuesto por varios obeliscos que superan en altura, en algunos casos, a los de Egipto.

En Benín conocí la existencia del antiguo reino de Dahomey, que dominó parte del Golfo de Guinea entre los siglos XVI y XIX y que promovió dos de los negocios más importantes de esa época comerciando con los franceses y portugueses: por un lado, el esclavismo, al capturar muchos enemigos y venderlos a los colonizadores; por otro, el aceite de palma, que fue básico para la industria cosmética.

Todos ellos se creían invencibles. Todos ellos seguramente creían haber aprendido errores de reinos anteriores. ¿Cuáles fueron los motivos de su hundimiento? No lo sé, sinceramente. Seguramente fue por motivos económicos, pero no soy economista, ni tampoco sociólogo ni historiador. No lo puedo explicar. Lo que sí sé seguro es que los actuales imperios también se hundirán. Hay que ser muy ingenuo para decir que sí, que los anteriores han desaparecido, pero que “Estados Unidos” es diferente. No, Estados Unidos también caerá, como lo hizo la Unión Soviética y lo hará China, o el que venga después.

Estaría bien hacer el siguiente ejercicio cuando viajemos: mirar el Empire State Building o la Ópera de Sidney como vemos el Coliseo de Roma: no como edificios contemporáneos en su esplendor actual, sino como futuras ruinas. Lo mismo con los grandes centros comerciales, que son, y perdón por el tópico, las catedrales modernas. La torre Burj Califa no como uno de los rascacielos más altos del mundo, sino como un futuro recinto arqueológico de un imperio arábigo que se hundió cuando se le acabaron los recursos minerales. Un juego distópico que nos obligue a un desplazamiento en el tiempo que a la vez nos haga plantear el propio ejercicio de viajar: qué vemos, cómo lo valoramos y desde qué perspectiva, mental pero también temporal.

El monje budista Longchenpa, en su recopilación de oraciones titulada “Ahora que voy a morir”, dejó escrito: “La casa que habéis construido se hundirá, es sólo una residencia temporaria; no podéis permanecer, sino que debéis partir. Desestimad vuestro apego, y la codicia por lugares excitantes. Acudid a lugares solitarios de inmediato”. Los viajeros no podemos dejar de acudir a lugares excitantes. Pero sí que es cierto que, después de visitarlos, buscamos la soledad. Yo, al menos, necesito acudir a la naturaleza frecuentemente. No dejaremos de buscar lo diferente, lo que nos atrae, pero el ejercicio que he propuesto antes, unido a esta reflexión sobre la impermanencia, nos puede dar otro punto de vista al viajar: Seríamos más conscientes de vivir un momento único, pero no solo en tanto que algo irrepetible en nuestras vidas, sino como una captación de un instante en la eternidad.

 

 

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4 Replies to “Viaje distópico (Todos los imperios caerán)”

  1. Con ese espíritu he visitado yo los antiguos satélites del Imperio Soviético, uno de los que más me ha llamado la atención por surgir de la nada en pleno siglo XX. Qué necesaria es la perspectiva, Xavi, gracias por recordárnoslo. Fantástico artículo, una vez más!

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