La importancia de la geopolítica (Georgia)

Me gustan los países “únicos”. ¿A qué me refiero con esto?¿No todos los países son “únicos”? Sí. Pero unos más que otros. Podríamos inventarnos un sistema de medición por puntos para ver el nivel de “unicidad” de un país, teniendo en cuenta muchas variables: “exclusividad” cultural, “personalidad”, alfabeto propio, especies animales y vegetales endémicas. arquitectura y gastronomía características… y, sobre todo, atractivos que sólo puedas encontrar ahí.

¿Y Georgia? Decidí ir allí  porque tenía características únicas que me parecían muy atractivas. El hecho de, por ejemplo, tener un alfabeto propio ya dice mucho de un lugar, que ha sido invadido decenas de veces por grandes imperios vecinos pero nunca ha sucumbido: así, fui viendo, tras documentarme, que era un país realmente con personalidad marcada, porque conservaba muchas costumbres propias, además del lenguaje, pero además tenía muchas influencias exteriores, fruto de las muchas invasiones sufridas y de su posición estratégica, un lugar de paso entre Oriente y Occidente, el norte y el sur, con lo cual posee muchos atractivos “importados”, especialmente de su vecino del norte: el imperio ruso en el s. XIX y la Unión Soviética en el XX.

Ser un país “físicamente” asiático con alma europea y ubicado entre el Mar Negro y el Caspio, en una especie de embudo que ha ido tragando gota a gota todo lo que ha venido de fuera sin perder su personalidad es lo que me hizo motivarme para viajar hasta allí. Se trata de un lugar fascinante, sin duda alguna.

 

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Solo en el primer paseo por Tiflis, la capital, ya veo que es el tipo de ciudad que me encanta: bella pero decadente. Las casas son elegantes, pero antiguas y destartaladas, con imponentes balcones de madera o de hierro. Una ciudad que hace siglo y medio sería majestuosa, pero que ahora se cae a pedazos. Esa autenticidad le da un encanto muy especial y la voy encontrando cada vez más interesante conforme voy paseando. Además, se combina con las típicas iglesias ortodoxas, que están por todas partes, con sus características torres de tejados cónicos. Entro en la iglesia de Metekhi, antiquísima, y desde allí se ve una magnífica panorámica del casco antiguo. Cruzo el río, hasta la zona de los baños (Abatubani), quizás lo más turístico de toda la ciudad junto a la plaza Meidan y las dos o tres calles que hay detrás, donde, aquí sí, las casas están rehabilitadas y ahora son restaurantes y hoteles. También es muy turística la calle principal del barrio, Kote Afkhazi, llena de agencias de viajes. Pero justo por encima, entre esta arteria que divide el casco antiguo y la montaña donde está Narikala, hay un laberinto de calles donde es una delicia perderse, para ver sus casas decrépitas y entrar en los patios, donde los balcones de madera, destartalados e inclinados, sujetan la ropa tendida. Es muy pintoresco, pero a la vez real y auténtico.

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Recomiendo lugares como la plaza Puri, la iglesia de Belén o la calle Asatiani, llena de edificios de estilo centroeuropeo, que sería muy elegante antaño, y que ahora están todos desconchados: esta calle tiene mucho encanto y uno se puede imaginar cómo serían Viena o San Petersburgo si en 100 años sus casas no se hubieran rehabilitado nunca. Los edificios de la época decimonónica rusa se alternan con las casas típicas georgianas, de balcones de madera. Es una combinación muy interesante, igual que lo es entrar en cualquier iglesia: a todas horas hay gente rezando o realizando ofrendas. Si se coincide con alguna celebración, aún es más especial: el incienso, las velas, el vestuario y el rostro de la gente, los cánticos si los hay, los iconos y los frescos…se respira una atmosfera única en las misas ortodoxas.
El “ensanche”, es decir, la parte “ruso-europea” de la ciudad, con bulevares como la avenida Rustaveli, llena de teatros y edificios magníficos, es otra zona muy recomendable. El modernismo y la “belle époque” también llegaron aquí, hasta la Revolución Rusa. La avenida es bonita y si se tuerce hacia el Puente de Saarbrucken se puede visitar un mercadillo de antigüedades de la época soviética, con parafernalia militar incluida. Sorprende que vendan retratos de Stalin. Supongo que para algunos, los más ancianos, no fue un tirano responsable de la muerte de millones de personas.

 

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Otro de los alicientes de Georgia es el Cáucaso. Svaneti, a los pies de estas impresionantes montañas, es seguramente lo más interesante del país, con sus casas-torres, patrimonio de la Humanidad. Con todo, no lo pude visitar en este viaje, por falta de tiempo. A cambio, vi otra parte de la cordillera caucásica, Kazbegi, a tres horas de Tiflis. Me fui hasta el metro de la plaza de la Libertad para ir hasta Didube. Hay que pillar el metro post-soviético al menos una vez: los vagones antiguos y los andenes muy profundos…con todo, las estaciones no tienen la elegancia de las de Moscú o San Petersburgo, algunas de ellas verdaderos palacios subterráneos. Al llegar pregunté, me indicaron de dónde salían las marshrutkas, las típicas mini-vans públicas, a Kazbegi, y por suerte no solo no esperé mucho a que se llenara. El recorrido por la llamada “carretera militar georgiana” es espectacular, y el paso de Jvaris, todo nevado, digno de ver. Todo el mundo que va a Kazbegi sube a la iglesia del mismo nombre, pero hay muchos trekkings interesantes por la zona. Por cierto, es digno de ver la fila de camiones que se juntan en la carretera. Me comentaron que ese es el único paso entre Rusia y el sur, con lo que se forman largas colas de vehículos enormes, sobre todo georgianos, rusos, ucranianos, turcos, búlgaros y armenios, que se pueden estar ahí horas e incluso días para conseguir los permisos para seguir la marcha. Es cuando te das cuenta que las montañas del Cáucaso no solo son una maravilla de la naturaleza, sino un componente fundamental de la geopolítica que afecta directamente a la vida y a la economía de personas y países enteros.

 

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Tiflis de nuevo, para volver a recorrer las calles que me habían atrapado… entrando en todas las iglesias que me encontraba, observando a las ancianas vendiendo esos tentempiés tan característicos (churchkela), oliendo el pan, como el de nuestros pueblos, que sale de las panaderías que están metidas en los subsuelos y sirven a veces solo a través de una pequeña ventana, alucinando con las fachadas desconchadas, metiéndome en los patios interiores para ver los balcones de madera que se caen a pedazos…en fin, disfrutando de una ciudad que me había hecho mía. Creo que la capital de Georgia es la ciudad europea que he conocido y más me ha gustado en los últimos años (conozco casi todo el viejo continente) y el país tiene suficientes alicientes y variedad como para pasar unos días agradables.

Me ha gustado porque por un lado tiene un componente “conocido”, ya que es un país europeo, con mucha influencia occidental, sobre todo en los edificios del “ensanche”, por otro tiene un componente “parecido”, como puede ser la religión y la arquitectura religiosa (cristianos pero ortodoxo) y, finalmente, tiene un componente diferente, ya sea por sus matices orientales como soviéticos. Bellas ciudades, bonitos paisajes, experiencias curiosas, buena comida y bebida, hospitalidad…

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Hablando con algunas personas me confesaban su deseo de pertenecer a la Unión Europea y a la OTAN, pero también su temor a posibles represalias de Rusia. Es un país pequeño que ha sufrido muchas invasiones y siempre ha salido adelante, estando encajonado entre potencias como la propia Rusia, Turquía e Irán, con el componente además de la diferencia religiosa en estos dos últimos casos. He visto un país muy orgulloso de su pasado pero a la vez con muchas ganas de mirar al futuro, especialmente a Occidente, haciendo todos los equilibrios posibles para preservar su cultura y tirar adelante.

En otra entrada hablaba sobre la cosmovisión, o qué concepto tiene un pueblo del mundo y la existencia. Pues bien, probablemente uno de los factores determinantes de la cosmovisión sea, entre otros, la ubicación geográfica. Y de geografía, y de cómo les afecta, los georgianos saben bastante. Invadidos por persas hace siglos, aún sienten la presión sobre su cristianismo ortodoxo de los islamismos de Turquía e Irán por el sur, mientras que Rusia presiona por arriba, sin llegar a la ocupación que hizo el imperio en el siglo XIX ni la URSS en el XX, pero controlando que Georgia no se acerque demasiado a Europa. Porque sí, Georgia es Europa. ¿Cómo puede ser, si gran parte de Turquía, que está al oeste, no lo es? Pues porque Europa es sobre todo un concepto cultural. Y lo mismo se aplica a Armenia.

En mi viaje a Georgia me acompañó “El imperio”, de Ryszard Kapuscinski. En él, el periodista relataba sus viajes por la Unión Soviética. Habló muchísimo con mucha gente, la mayoría víctimas de conflictos territoriales. Casi todos, desplazados por las política de Stalin que, precisamente, nació ahí, en Gori, a una hora de Tiflis. Georgianos, azeríes, abjasios, yakutos, chechenos, uzbekos, buriatos, tártaros… Deportados, exiliados, emigrados, desplazados. Y yo pude sentir, al menos en una fracción mínima, lo que él sentía cuando, bajando de la iglesia de Gergeti, a los pies del Kazbegi, me crucé con una familia que parecía no encajar ahí, entre tanto turista haciendo trekking. Era un hombre mayor, su mujer y su nieto, todos ellos afganos. ¿Huyeron por la guerra con Estados Unidos? No. El hombre trabajaba para la ACNUR, ayudando a osetianos, rusos, azeríes…a víctimas de la guerra de Osetia del Sur. Muchos de ellos, georgianos exiliados en un país que ya no es el suyo. Un hombre de un país invadido ayudando o otras víctimas de otra guerra. Sí, Rusia invadió Georgia para ocupar Osetia del Sur, del mismo modo que fue invadida siglos atrás por persas, timúridas, mongoles, otomanos y tantos otros que lo intentaron pero no pudieron acabar con su cultura.

La historia se repite, y se repetirá en esa zona del mundo mientras existan ansias expansionistas e invasiones por cuestiones de ideología y religión. Esa zona donde se concentra la presión de las montañas y los mares, la ortodoxia y el islam, el norte y el sur, el este y el oeste. Ese punto del planeta. Ese embudo. Y es por ello que a los camioneros turcos, georgianos, búlgaros, armenios y ucranianos les importa bien poco si se puede hacer trekking o no en el Kazbegi, o si Tamerlán pudo o no derrumbar la catedral ortodoxa de Misjeta, a pesar de sus esfuerzos titánicos para conseguirlo. Pero, sin saberlo, están así por el lugar que ocupa su país y lo que le roda. No, Tamerlán no pudo, como tampoco nadie ha podido acabar con la identidad georgiana. Lo que les importa a esos camioneros, que esperan pacientemente para poder pasar por el único paso fronterizo entre Rusia y el sur, en una carretera de un solo sentido circulación, paradigma y representación clara de lo que es la geopolítica, lo único, insisto, que les preocupa, es que no se les acaben los cigarrillos. Ya no son conscientes de la geopolítica, aunque les afecta incluso en eso. Se puede tirar semanas ahí, solo porque Turquía niega el genocidio armenio o porque Rusia puede cerrar la llave del gas cuando quiera. Y, en una mínima parte, cuando volví de allí, también me quedaron más grabadas estas historias, la del afgano o la de los camioneros, que los bellos balcones de madera de Tiblisi o las espectaculares montañas del Cáucaso. Porque, al fin y al cabo, los países son las personas y cómo ven ellas el mundo (y cómo éste les afecta, por supuesto).

Kapuscinki, en “El imperio”, escribió: “Stalin conocía bien el Cáucaso. Al fin y al cabo, era hijo de esta tierra. Sabía que en estas montañas vivían cien pueblos que desde siempre se habían enzarzado en guerras. Es un rincón del mundo cerrado a cal y canto, aislado por dos mares, el Negro y el Caspio, y atenazado por altísimas montañas. ¿Quién llegará hasta aquí?¿Quién se atreverá a penetrarlo? Sabía que Nagorno-Karabaj siempre sería la manzana de la discordia entre turcos y armenios. Por eso no lo anexionó a Armenia, sino que lo dejó en medio de Azerbaiyán, en manos del poder de Bakú. Así, Moscú se erigió en el máximo árbitro”. La estrategia en este tablero de juego aún continúa.

Georgia sabe mucho de geopolítica. Ha sufrido decenas de invasiones y continúa sufriendo conflictos transfronterizos en la actualidad. Y así como antes Stalin invadía un pueblo, provocando un movimiento de fichas y, por ende, otro conflicto al obligar a ese pueblo a desplazarse y ocupar el lugar de otro, Georgia sufre aun las consecuencias del conflicto de Osetia del Sur del 2008, y antes sufrió el de Abjasia, y antes de éste el de Chechenia. Y podríamos seguir así mirando décadas atrás. ¿Y el presente? Le afecta también que Turquía tenga su frontera cerrada con Armenia debido al genocidio de hace más de un siglo. Y los roces con los azeríes, puesto que Azerbaiyán es el único país caucásico de mayoría islámica. Y Nagorno-Karabaj. Y…y así seguiríamos y seguiremos, y seguirán mejor dicho, mientras haya algunas potencias que quieran expandir su poder territorial y otras que quieran imponer su religión. Y Georgia estará en medio, mirando a Europa, aunque muchos imperios antes hayan intentado que no fuera así.

Georgia, encajonada entre el imperio ruso al norte y el islamismo al sur,  entre dos mares y entre Europa y Asia,  se ha consolidado precisamente a base de aguantar toda esta presión por todos los lados. Cómo un pueblo ve el mundo determina su forma de ser. Y Georgia levanta la cabeza y ve que a pesar de lo que le ha rodeado y le rodea, o quizás no a pesar, sino debido precisamente a eso, es lo que es. Como Armenia, metido en el embudo caucásico, pocas veces un país se ha fortalecido tanto su identidad por oposición a los otros.

 

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7 Replies to “La importancia de la geopolítica (Georgia)”

  1. Gràcies per aquesta entrada que compagina bellesa, anàlisi i experiència personal. Tot cuinat amb la dosi justa. Com sempre, estimules les ganes d’anar-hi! Aquells qui s’hi animin segur que ho veuran amb ulls diferents gràcies a la teva mirada.

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  2. Molt interessant la teva visió de país. A mi també m’interessa la geopolitica. Em vaig quedar amb ganes d’anar a Abjasia i Osetia, per exemple. A NGK o Transnistria sí q hi hem estat. Kazbegi es molt xulo.

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  3. Y pensar que un profesor de Geografía Política en la Universidad me suspendió porque decía que la Geografía no determinaba la Política de un país…. Seguro que leyendo esta entrada, cambiaría de parecer, jaja! Maravilloso reportaje, un análisis estupendo; las fotos son espectaculares, no sé cuánto tiempo he estado mirando a la chica del banco.. Un placer volver a leerte Xavi, que no pase tanto tiempo!

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