Buenos Aires (Argentina)

Tengo que confesar que me costó mucho apreciar la ciudad de Buenos Aires en un primer momento. No entendía que hubiera cruzado todo un océano para ir a parar a un lugar que me recordaba demasiado a Europa. La primera impresión vino determinada más por los parecidos que por las diferencias. “¿He recorrido 10.000 quilómetros en avión para ver edificios que puedo encontrar en Madrid o en París?”. Esto es lo que pensé. La influencia del viejo continente pesaba mucho más que los elementos “propios”…aunque decir esto es sin duda un error, porque…¿Qué es lo propio en Buenos Aires, o en cualquier ciudad? Paseas por la avenida de Mayo, en el barrio con un nombre tan catalán como Montserrat, y parece que estés en España. Pero no es exactamente lo mismo. Algunos edificios modernistas tienen un aire un poco siniestro, similar a los de, por ejemplo, Budapest. El barrio de San Telmo también recuerda a algunas zonas, como el Born en Barcelona, donde antiguos edificios comerciales se están rehabilitando y se están poniendo de moda como lugares de ocio.

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La primera impresión, por tanto, fue un tanto desconcertante…¿Es esto Europa?¿Es América? Pasear por el cementerio de La recoleta, el más famoso de la capital, es una delicia…pero no muy diferente a hacerlo en uno de París. La mitad de la cocina es de herencia italiana. Los cafés y librerías, de un encanto excepcional, también me eran familiares…me encontraba algo desubicado.

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Tras unos días, llegué a una conclusión muy simple: esto es Buenos Aires. Existen las zonas más “europeas”, ciertamente, pero también existen otros barrios más “exclusivamente porteños”, como el de La Boca, con sus casas con exterior de chapa metálica pintada de colores vivos.

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Sin olvidar el fileteado, una técnica pictórica tradicional que es patrimonio inmaterial de la Humanidad. La tipografía es algo que da personalidad a los lugares, que les definen. Al no tratarse de algo “visitable” como es un edificio, quizás uno no es consciente. Pero me encanta fijarme en este tipo de detalles (en este caso, en cómo son las letras de los carteles), porque dan personalidad y singularidad a los sitios. No sólo me gusta ver edificios u observar a la gente: creo que la personalidad de un lugar se confiere por estas pequeñas cosas: la tipografía de las tiendas, el tipo de adoquín en las calzadas, los interfonos, los buzones, los detalles decorativos en las puertas y ventanas, los semáforos…estos detalles son, en definitiva, lo que hacen característico un lugar. Más que sus monumentos famosos. Y el filete porteño cumple esta función: es bello estéticamente y, además, otorga personalidad.

 

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Así pues, tras la primera y segunda impresión, vino la tercera, que es lo que para mí da más personalidad a la ciudad: el hecho de que en Buenos Aires se respira política por todos los lados. Es ahí cuando te das cuenta que la ciudad no es solo cemento, hormigón, asfalto y vidrio. Ya sé que ninguna es solo eso. Pero Buenos Aires está plagado de carteles, consignas, graffiti, pintadas y pósters donde se reivindica, donde se discute y donde se expone una postura política concreta. Me sorprendió muchísimo. Una ciudad dolida por la dictadura y los “desaparecidos” y que hoy en día sigue luchando, ya sea por la igualdad social, las Malvinas, los indígenas o en contra del imperialismo norteamericano.

Todas las posturas están en la calle, y eso hace que sea una ciudad muy viva. Y esto es, en definitiva, lo que más me atrajo de la capital argentina. La política impregna el día a día de esta ciudad y esto se ve en todos los rincones. La política no es algo ajeno. No es algo que a la gente no le pueda interesar, como en la mayoría de lugares.  Y esto es lo bello de Buenos Aires: que, más que un decorado de influencia europea, es un escenario de ideologías. El término “política”, proveniente del griego, etimológicamente significa “de, para o relacionado con los ciudadanos”. En este sentido, no conozco una ciudad más política que ésta. En este sentido estricto, los ciudadanos hacen política, y este dinamismo es admirable. La gente participa, discute, opina y se interesa, y esto hace que sea una ciudad llena de vigor. La política puede parecer aburrida, pero hace que Buenos Aires sea excitante.

Muchos lugares desprenden un olor particular. En Buenos Aires, se respira opinión e ideologías. Todas las ciudades se configuran en parte por su historia, más o menos lejana. Pero me pareció que el espíritu y alma de esta metrópolis no está tanto en las piedras de sus edificios como en la rabia y la lucha que se expresan en sus paredes. Para mí, la personalidad de Buenos Aires, más que en sus edificios, está en sus calles. En la calle.

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