Krishnamurti y las chinchetas en el mapa

El otro día estuve hablando con un experto viajero que me preguntó en cuántos países había estado yo. La pregunta me pareció un tanto extraña, pero le respondí. Le dije que en unos 60. Él me miró, sonrió un poco y, con cierta condescendencia, me replicó: “Yo en 120”. (Ahora no recuerdo si me dijo 120 o 130, pero da igual…no viene de ahí). Su objetivo era pisar todos los países de este planeta. No me dijo conocer más o menos a fondo…simplemente con poner un pie, como aquel que dice, ya le bastaba. Entre los pocos países que le faltan están los del Golfo de Guinea, y me preguntó que si en dos o tres semanas podía conocer 6 o 7 países de la zona. Yo le contesté que esto es muy relativo…vería algo de cada país (y estaría más tiempo metido en un coche), pero muy poco. Dijo que le daba igual. Togo lo podía ver en un solo día bajando desde el norte de Benín, y en Ghana con tres días ya tenía suficiente. Su objetivo era “ver lo mejor de cada país”.
Curioso lo de “lo mejor de cada país”. Supongo que se referiría a lo más famoso. Y, en mi caso, casi nunca es lo mismo. Lo mejor de la India para él era lo más conocido, es decir, el Taj Mahal. Yo disfruté mil veces más recorriendo el centro de Delhi o paseando por los ghats de Varanasi viendo el ambiente de allí, espectacular. Lo “mejor” de México para él era Chichén Itzá, pero no había nunca oído hablar de Calakmul, del que tengo una entrada en este blog…en su tiempo, fue una ciudad-imperio mucho más famosa que aquella, y hoy está medio inexplorada en medio de la selva. Es algo espectacular. Quizás estuvo solo un día en el DF…una lástima, cuando es una de las ciudades más fascinantes de todo el mundo. De hecho, cuando le dije que yo había estado cuatro veces en México, él no lo entendía. “Habiendo tantos países a los que ir”. No intenté ni replicarlo ni mucho menos convencerle. Personalmente, prefiero volver por enésima vez a Roma, a Berlín, a Nueva York, a Estambul, a Moscú o al mismo DF que ir a un lugar que no me motiva en absoluto sólo para tachar otro en la lista de pendientes. De Georgetown, en Malasia, en mi opinión la ciudad más interesante de todo el sudeste asiático, él no había oído nunca hablar. Supongo que ver las Torres Petronas ya contaba como haber estado en ese país. Sí, según me “confesó” (y este es el verbo exacto que utilizó), su objetivo era poner una chincheta en cada país que visitaba en un mapa que tenía colgado en su habitación. Objetivo legítimo, por supuesto.
Esta conversación, que en el fondo no es más que el dilema de la cantidad sobre la calidad, el “must” de turno de cada país (algo de lo que cada vez intento alejarme más), me recordó a algunas ideas que el filósofo indio Jiddu Krishnamurti (1895-1986) dejó escritas sobre la vida, y que yo llevé al terreno de los viajes. En el libro “El arte de vivir”, Krishnamurti, pensador con mucha influencia budista, dijo “Y bien, ¿qué es lo que llega a su fin en la muerte? ¿La vida? ¿Es la vida meramente un proceso de inspirar y expeler el aire? Comer, odiar, amar, adquirir, poseer, comparar, envidiar… esto es lo que la mayoría de nosotros conoce de la vida. Para la mayoría, la vida es un sufrimiento, una batalla constante de dolor y placer, esperanza y frustración. ¿Y no puede eso terminar? ¿Acaso no deberíamos morir? En el otoño, con la llegada del tiempo frío, las hojas caen de los árboles y reaparecen en primavera. ¿No deberíamos, de igual modo, morir a todo lo de ayer, a todas nuestras acumulaciones y esperanzas, a todos los éxitos que hemos cosechado? ¿No deberíamos morir a todo eso y vivir de nuevo mañana, de manera que, como una hoja nueva, fuéramos puros, tiernos, sensibles?”
Llevar a la práctica esta idea en la vida es realmente complicado. Primero, hay que entender la idea. Segundo, ser muy consciente de ello. Y tercero, aplicarlo. Sí, en la vida es muy difícil actuar según este concepto cíclico de “muerte” y renacimiento. Es por ello que viajar nos puede ayudar a, como mínimo, intentarlo. Porque en el viaje, muchas veces, casi cada mañana, uno se despierta en un sitio diferente. Cada día se ven cosas nuevas y se viven experiencias nunca antes vividas. Se prueban comidas con las que nunca antes uno se ha deleitado. Cuando despierto en un lugar nuevo, lo primero que pienso es “¿qué visitaré hoy? Sí, en un viaje cada día viene algo nuevo, se estará en lugares que uno nunca ha pisado y a los que quizá nunca vuelva jamás. Se ven cosas que nunca antes se han visto. Se viven experiencias insólitas. Y entonces, yo me pregunto… ¿No podría ser cada día así? ¿No podríamos, como dice Krishnamurti, despertarnos sin ninguna idea previa, disfrutar de la comida como si fuera la primera vez, o como si fuera algo exótico y nuevo, sin engullirla mecánicamente?¿Y no podríamos ir de camino al trabajo observando los edificios, el mobiliario urbano, la gente, igual que observamos cada detalle cuando estamos viajando, cuando todo nos parece sorprendente? Lo que he dejado escrito muchas veces: viajar puede ser una gran enseñanza pero no para conocer cosas nuevas, sino sobre todo para cambiar nuestra mentalidad en el día a día. Para activar nuestra conciencia en la cotidianeidad.

 

krishnamurti
La corriente del mindfulness es lo que promulga, y lo que yo he venido a llamar “tripfulness”, un vocablo que me he permitido la libertad de inventar, es precisamente aprender esa actitud gracias a los viajes, donde la atención plena es más fácil por las propias circunstancias. Interiorizar lo que hacemos en los viajes y llevarlo a cabo en el día a día será más fácil por cuanto lo hayamos podido practicar en un contexto más propicio. Uno de los postulados del mindfulness, a parte de la conciencia plena, es el no juzgar. Y precisamente, es muy fácil hacerlo, es muy fácil caer en ese error, si tenemos mucha experiencia previa. Si, como decía Krishnamurti, hemos acumulado mucho. Efectivamente, la experiencia no tiene por qué ser un grado, como dice la expresión popular ¡Qué difícil es no decepcionarse con las cataratas del Niágara si antes se ha estado en Iguazú! Acumular nos impide ver lo nuevo como novedoso, valga la redundancia, aunque el matiz es fundamental. ¡Cuánto disfrutaríamos si viviéramos todo siempre como si fuera la primera vez! Pero en cambio, cuanto más se viaja, más se compara. Se compara con lo anterior, con lo cual la posibilidad de decepcionarse también es mayor.

 

Jiddu Krishnamurti, en el mismo libro “El arte de vivir”, escribió: “Cultivar el “más” es negar la inteligencia (…) que solo es posible cuando hay verdadera libertad con respecto al sí mismo, al “yo”, o sea, cuando la mente ya no está presea en el deseo de una experiencia más grande, más amplia, más expansiva (…) El hombre que acumula, que guarda, el hombre que desea, jamás está experimentando frescamente la vida. Sólo cuando la mente no se interesa en el “más”, en acumular, tiene posibilidad de ser inteligente…En tanto la mente se interesa en la acumulación, en el “más”, cada experiencia que tenemos refuerza nuestro interés propio”. O, en otras palabras, cada experiencia sirve solo para llenar un mapa con chinchetas.

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4 Replies to “Krishnamurti y las chinchetas en el mapa”

  1. Muy buenas reflexiones, Xavi, sobre todo cuando cada vez me encuentro con más gente cuya única obsesión es llenar el mapa de chinchetas… Todavía me acuerdo de una señora que conocíamos de 10 minutos que nos afirmó en Edimburgo de manera axiomática, sin juicio: “ah claro, vais a ir a Glasgow para decir que habéis estado”. En fin, el mundo está ahí para todos, como bien dices. Que cada uno lo vivamos como nos apetezca 🙂

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