Pakistán

La religión como arma política. Así se podría subtitular este artículo sobre Pakistán, un país cuya definición como país musulmán (su nombre oficial, de hecho, es “República Islámica de Pakistán”) es una manera también de diferenciarse del país del que se separó en 1947, la India. O, dicho de otra manera, la afirmación de (su) religiosidad es su afirmación como país en contraposición al otro. Y para entender mejor este fenómeno decidí entrar por tierra desde su país vecino y rival, la India.

Cada vez tengo más claro, y lo dejo escrito en este blog, que la situación geográfica de un país determina, mucho más de lo que somos conscientes, la idiosincrasia del mismo: su forma de pensar, su forma de ver el mundo, su forma de actuar y, por supuesto, su relación con sus vecinos. La moderna Pakistán, inexistente como estado hasta 1947, tiene una posición estratégica fundamental desde tiempos inmemoriales. Un lugar de paso fundamental entre Asia central y la India, determinando muchas de las políticas expansionistas de varios imperios, desde el de Alejandro Magno hasta el Británico, en su disputa con Rusia por esa parte del mundo. No en vano, Pakistán está en medio entre dos hegemonías de diferentes siglos: la Europa del XIX y la China del XXI. Y abro un paréntesis aquí: no solo este país Oriental está “colonizando” África: en Pakistán vi muchísima inversión y también muchas muestras de agradecimiento y hermandad entre ambos países, lo cual no debe sentar bien, por decirlo suavemente, a Estados Unidos, que ha colmado de millones de dólares a Pakistán en su ayuda contra el terrorismo y luego vio que Bin Laden se escondía allí mismo (y, además, no lejos de la capital, Islamabad).

 

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Atravesando a pie la frontera de Wagah, a medio camino entre la ciudad india de Amritsar, centro espiritual de los sijs, y la ciudad pakistaní de Lahore, uno de los grandes centros del antiguo imperio mogul, musulmanes que gobernaron la región entre los siglos XVI y XIX (cuando entraron los británicos) dejando obras de arte imprescindibles, entre ellas el conocido Taj Mahal, uno palpa cierta tensión en el ambiente, aunque quizás sea simplemente una sugestión. Durante los días previos a la separación de los países, trenes enteros de musulmanes huían de la India para instalarse en Pakistán, siendo muchos de ellos masacrados por indios y sijs. Y, de la misma manera, miles de indios y sijs corrían la misma (mala) suerte al hacer el viaje en sentido opuesto. Fueron días de grandes carnicerías, el altísimo precio a pagar por la separación de los dos países. Sabiendo además que la tensión entre ambos sigue a flor de piel, y creciendo, se entiende esa subida de adrenalina al cruzar a pie la frontera.
Pakistán es Pakistán desde hace menos de 80 años, y como el componente religioso marcó su fundación (de hecho, fue el motivo), es de suponer que esté presente en cada momento de las vidas de sus gentes. Lo mismo sucede en India, con un agravante: el ultranacionalismo hindú discrimina cada vez más a la minoría musulmana por interés electoral. Un ejemplo: se están prohibiendo mataderos de vacas, un animal permitido por los musulmanes, por convicción religiosa (son sagradas para los hindús). La religión entra en el ámbito de la política cada vez más en la India, convirtiendo el hinduismo en fe de estado. No es el primer país, ni será el último, en que marginar a las minorías consolide al gobierno de turno. Un taxista en Delhi, cristiano (algo raro, solo son el 3%) me decía que no hay problema real, que los musulmanes y los hindúes se llevan bien, que solo es un tema de los políticos. La cuestión es que a los políticos les vota alguien. Los pakistaníes de calle, en cambio, sí que no tienen buena imagen de los indios: según me comentaban, detrás de todos los atentados islamistas que hay en su país, están los servicios secretos hindúes que, usando gente local, promueven matanzas terroristas para dañar la imagen del país y así perjudicarlo económicamente. Y en medio de este embrollo están los sijs, seguidores de una religión que no es ni el Islam ni el hinduismo y que siempre han tenido un papel fundamental en la región; no en vano, en los 80 reclamaron el Punjab como estado propio, siendo duramente reprimidos por la ministra de entonces, Indira Ghandi (nada que ver con el Mahatma), que fue asesinada precisamente por ello por sus guardaespaldas, que eran sijs. Sin olvidar el conflicto en Cachemira: los pakistaníes están convencidos que los cachemires quieren ser independientes, algo que lógicamente el gobierno de India no puede permitir.

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Templo dorado en Amritsar (India)

 

Y de la misma manera que percibí gran hostilidad hacia los indios, noté gran hospitalidad hacia los extranjeros. Vi un pueblo amable, donde en cada momento fui muy bien recibido, con ganas de conocer mundo, con mucha curiosidad. No recuerdo cuántas veces me invitaron a tomar té e incluso a comer, ya fuera el propietario del restaurante u otros comensales. En este sentido, viajar a Pakistán sirvió para romper estereotipos. Tiene una imagen de país peligroso, pero yo lo encontré muy seguro y cordial. Y lógicamente, en muchos aspectos caótico y cuasi medieval, lo cual en mi opinión le confiere un interés muy especial.

Lahore fue un centro importante del imperio mogul y es una de las ciudades más importantes del Punjab pakistaní, una ciudad que se podría catalogar como moderna comparada con otra de las ciudades que visité, Peshawar. Aquí sí que se ve un Pakistán más “profundo”, en el que muchísimas mujeres usan burka. Son de la etnia pastún, la tribu más grande de todo el mundo, que fue separada al dividir el imperio británico Pakistán y de Afganistán de una forma totalmente aleatoria con la “Linea Durand” en el siglo XIX. Como ya pasó con Stalin cuando creó de la nada los estado de Uzbekistán y Kirguistán, dividiendo etnias con fronteras artificiales, o con los franceses en muchas de sus colonias africanas, de nuevo un imperio trazaba una línea sobre el mapa dividiendo a gente de la misma etnia. Y así es como se han originado muchísimos de los conflictos de la historia.

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El pastún es un pueblo muy hospitalario y con rasgos algo diferentes al resto de pakistaníes: abunda la gente rubia y los ojos azules, algo que choca pero que se explica, aunque no sé si es cierto, por el hecho de que son descendientes de las tropas de Alejandro Magno. Hay muchísimos afganos viviendo en la región, que entraron al invadir la Unión Soviética su país. Primero vivían como refugiados, pero ahora están plenamente integrados.
Peshawar, la principal ciudad pastún, es un lugar muy agradable por el que pasear. Lahore es considerada la capital cultural, con muchas obras de arte de la época mogul, pero a mí me pareció mucho más interesante la ciudad pastún: las decoraciones de los autobuses, muy vistosas (de hecho, pintar los camiones es algo muy característico en el país; su ornamentación es impresionante y muchas veces hay escritas poesías o versículos del Corán), la abundancia de mujeres con burka (lo cual confiere al lugar un punto realmente exótico), los edificios (elegantes pero en decadencia) y un casco antiguo con mucho movimiento pero por el que se puede pasear con relativa calma hicieron de Peshawar la ciudad en la que más a gusto estuve.

 

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El tercero de los grandes centros habitados que visité, Islamabad, no tiene nada que ver con los dos anteriores. Se construyó hace menos de 50 años con el propósito de ser la capital; ahí no hay centros amurallados, bazares ni el caos típico del resto de poblaciones. Se trata de una ciudad aséptica, construida a base de grandes avenidas en retícula y parques, que alberga los centros administrativos así como las mansiones de gente adinerada.

Curioso lo de “el nacionalismo se cura viajando”. Supongo que eso lo dice gente que vive o bien en un Estado-nación o bien en un Estado que no discrimina a sus minorías nacionales. Pero cuando viajas, te das cuenta que el clamor nacionalista en muchos casos no es más que la legítima defensa de la propia identidad de un pueblo ante una invasión externa. Esto lo he podido, en mis viajes, en Sudamérica y en la mayor parte de África y Asia. Solo así uno puede entender, como me pasó a mí hace tres meses al viajar a Jerusalén, que los judíos ultraortodoxos, que a priori parecería que son los más favorables al Estado de Israel, reniegan de él y se ponen del lado de los Palestinos (en su caso, por convicción religiosa). Es el mismo caso que los pastunes que siendo “lo más profundamente pakistaní”, si se me permite la expresión, que puede haber, reniegan del Estado (y ahí están las incontrolables Áreas tribales de la frontera). El motivo de fondo es el mismo: cuando la artificialidad del Estado se crea para uniformar, los problemas aparecerán tarde o temprano.

Nuevos estados con religiones de estado que perpetúan la confrontación en un área tan importante geopolíticamente: esto es Pakistán, el primer estado del mundo creado sobre una base religiosa, lo cual lo marca y determina respecto a sus vecinos: en su definición va implícita la contraposición con otros países en un inicio con la India, pero se podría extender, por qué no, a Occidente. Y con la contraposición lo más fácil es que venga el conflicto.

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2 Replies to “Pakistán”

  1. Impresionantes fotos que no dejan de ser las ventanas de un país tan desconocido como rico para el que lo contempla. La explosión sensorial es todo un regalo. Muy buenas reflexiones, como suele ser habitual en tu blog Xavi, y muy interesante esta pequeña aproximación histórica al país. Imagino que habrá sido otro viaje impresionante. Gracias por compartirlo.

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