Hong Kong

El titular “Donde la tradición y la modernidad se encuentran” (o frases similares) es seguramente el cliché más usado por los reporteros de viajes para encabezar sus artículos. Es una frase efectiva y definitoria. El problema es que es aplicable a gran parte de los destinos del mundo. Sólo que una ciudad tenga un par de edificios nuevos altos y a su vez conserve algún barrio y/o comercio tradicional ya se puede aplicar esta tópico que, de tanto usarlo, se está desgastando.

Pero que sea un recurso utilizado hasta la saciedad no quita que no sea cierto y, seguramente, y sin ánimo de yo caer en lo mismo, sí que podría afirmar que el lugar de los que he visitado donde este titular es el más adecuado es Hong Kong.

Empezando por la fórmula “un país, dos sistemas” (y es que donde si no en Honk Kong se puede desarrollar un régimen económico y financiero ultraliberal dentro de un sistema político que no permite que sus ciudadanos se expresen libremente en las urnas a nivel estatal), de ahí en adelante multitud de detalles nos muestran unos contrastes interesantes.

 

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En pocos lugares puedes encontrar un pequeño templo antiguo mientras que a cinco minutos, en un rascacielos espectacular, se adora a otro dios, el del dinero. Unos ancianos comen “dim sum” en un restaurante antiguo al lado de unos ejecutivos que apuran su café en el último local de moda.

Precisamente, los rascacielos son uno de los principales atractivos de Hong Kong, y se dice que su “skyline” es el más bonito del mundo. Para acceder al distrito financiero se puede coger un barco, el Star, que tiene más de un siglo de antigüedad, mientras que para disfrutarlos desde otro punto de visto, más elevado, se puede subir al Victoria Peak…en un tranvía inaugurado en 1888.

A cinco minutos andando de los principales edificios del centro financiero encontramos tiendas de comestibles donde venden pescado, marisco y setas, secados y deshidratados, tal y como se hace y se expone desde décadas. Los contrastes continúan, porque también en Honk Kong abundan edificios destartalados y ruinosos. No todo son rascacielos espectaculares y nuevas construcciones. Por cierto, otra imagen, hablando de construcción: algunos andamios son de bambú.

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En la isla de Lantau un teleférico de última generación nos lleva hasta una estatua gigante de Buda. Mientras, en Macao, a dos horas en ferry, las ruinas de la iglesia de San Pablo, fundada por los portugueses que ocuparon la ciudad en 1556, contrastan con los innumerables casinos, llenos de turistas chinos haciendo algo prohibido en (el resto de) China.

Hay realmente poco que visitar en Hong Kong, pero hay mucho que ver.  Últimas tecnologías, mercados tradicionales, antiguos rituales en santuarios, flujo de capital moviéndose a la velocidad de la luz. Hong Kong no sólo son dos sistemas simultáneos. Son dos épocas de la historia, dos velocidades. La excolonia británica es un lugar ideal para pasear y disfrutar de sus contrastes, y perdón por el tópico.

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