Tokio en otoño

Existe el mundo más o menos tal y como lo conocemos, en nuestro tiempo actual, el de principios de siglo XXI, en el que vivimos, con un gran número de mentalidades, ideologías, filosofías y formas de ver la realidad…y luego está Tokio. Un mundo aparte. A parte del tiempo contemporáneo y a parte de cualquier forma de pensamiento que uno pueda imaginar, incluyendo las más medievales, subdesarrolladas, anticuadas e inmorales.

Tokio es una de las ciudades más fascinantes del mundo. Una ciudad de ciudades donde muchos de los conceptos con los que acudimos quedan destrozados. Empezando por el propio concepto de “ciudad”: Tokio es, físicamente, muchas ciudades en una. No tiene un centro como tal. Para desplazarse de un lugar a otro es imprescindible un sistema de metro que, tras haber estado allí dos veces y considerándome una persona relativamente viajada, medianamente espavilada y con recursos mínimos…aún no he entendido cómo funciona.

Tokio en verano es agobiantemente húmeda. Es cuando la mayoría de gente viaja, por razones obvias. Y la estación más conocida es quizás la primavera, por la belleza del “hanami”, o florecimiento de la flor del cerezo. En invierno hace mucho frío. Otoño es una época ideal para visitar una ciudad imprescindible.

Tokio en verano me pareció excesiva. Excesivo calor. Excesivamente exagerada. Llena de frikis, aunque esto nunca es excesivo. En todo el resto, sí. Lo hizo el hecho de que fue la primera vez que fui. Me alucinó pero no la acabé de disfrutar.

Diez años más tarde, volví. En otoño, la ciudad me pareció más comedida. Lógicamente, el sistema de transportes es igualmente ininteligible. Y la educación de la gente sigue siendo exquisita. Y envidiable. Las actividades “típicas” tienen el mismo interés: ver a los personajes pintorescos de Harajuku, visitar el templo de Senso-ji, acudir a la subasta de atún en el mercado de Tsukiji, degustar su excelente gastronomía, ver a los “nerds” del distrito electrónico de Akihabara, sorprenderse con las mil y una cosas bizarras que venden en los supermercados, andar por el famoso cruce de Shibuya, disfrutar del contraste entre el barrio tradicional de Taito y los rascacielos y tecnología de ultimísima generación, ver a los rockabillies los domingos por la tarde en el parque Yoyogi… Mil y un actividades.

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Pero hay otras cosas que sí son diferentes. Empezando por la gente. Quizás en otoño se vuelven como el tiempo, más taciturnos. Cuano estuve, nadie sonreía. En verano, se veía a la gente contenta. Las chicas se tapan la boca al reír. Mucha gente viste cuanto más exagerada mejor, especialmente en Takeshita dori. Tribus urbanas por doquier. En otoño no. Vi la gente más comedida. No triste, pero sí más, cómo decirlo…introspectiva. Quizás era la propia estación del año.

No hace frío en otoño, pero sin duda viene más de gusto realizar una actividad que en invierno sería como el harakiri: comer chanko nabe, el menú de los luchadores de sumo. En el barrio donde están la mayoría de escuelas donde entrena, Ryogoku, hay también varios restaurantes donde, por unos 25 euros, sirven la exagerada comida de los sumoides: un menú de 2.000 calorías que incluye arroz (lógicamente), vegetales, carne y hueso. En el mismo barrio se puede visitar el Museo del Sumo (gratis) e incluso ver un combate en el cercano estadio de Kokugikan.

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Restaurante donde sirven “chanko nabe”, el menú de los luchadores de sumo

¿Otra actividad adecuada cuando el tiempo no acompaña? Acudir a un onsen, el baño termal tan típico del Japón. Yo fui cada día a uno llamado Asakusa Kannon. Al principio me sentí intimidado. Era el único extranjero y lo de bañarme desnudo se me hacía raro. Luego, le empecé a pillar el gusto y a conocer los pasos que hay que seguir antes de meterse en los diferentes baños, con agua que va desde la muy fría a la muy caliente, pasando por una que electrificada que simula que te bañas con anguilas. No es la única curiosidad del sitio: en la sauna había una tele, con el volumen puesto. Curioso, tenemos el concepto de lugar para relajarse y conocemos la devoción de Japón por el silencio. Estas dos cosas colisionaron en ese momento.

Pero sin duda lo que más me impresionó fue la presencia de ancianos tatuados. Tenía entendido que no se podía entrar con tatuajes, lo que equivale a decir que los miembros de la Yakuza, la mafía japonesa, tienen vetado el acceso. Luego leí que en este onsen en particular sí que está permitido. Pero en ese momento no lo sabía, y bañarse rodeado de ancianos mafiosos tatuados hasta las cejas fue toda una experiencia. Este es el lugar, que cuenta además con una bonita decoración antigua, incluyendo unas pinturas del Monte Fuji: https://www.japan-experience.es/ciudad-tokyo/onsen-asakusa-kannon

Hablando del Monte Fuji, visitarlo es otra actividad que mejor dejar para el invierno o el otoño, cuando las vistas son mejores, la luz no es cegadora y el cielo está despejado. Si se quieren vistas pero no hacer la excursión (unas tres horas por trayecto), también se puede subir al Skytree, el edificio más alto de la ciudad, inaugurado en 2012.

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Hay un millón de cosas que hacer en Tokio en otoño. Pero en mi opinión, la mejor de todas es visitar un parque. ¿Por qué? Porque, básicamente, son de una belleza incomparable. Yo fui al de Koishikawa Korakuen. Y fui, además, quizás en la mejor hora. Al mediodía, la luz cálida iluminaba el lago y las hojas eran de un rojo y un amarillo intensísimo. Capté algunas de imágenes más bonitas que he visto en mi vida.

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Japón es uno de los lugares del mundo donde se da más importancia a la concepción cíclica del tiempo. Hay mucha conciencia del cambio continuo. De que después de una estación, viene otra, y luego la otra, y la siguiente, y vuelta a empezar. Por eso aprecian lo efímero, porque saben que terminará pronto, y renacerá otra cosa, sin lo cual nada es posible. Y ahí está la belleza, según los japoneses.

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En Tokio, en otoño, las flores de loto del parque Ueno están muertas. Puede parecer una imagen triste pero, pensándolo bien, no lo es. Es la muestra de la impermanencia. Es la naturaleza en estado puro. Es la belleza en estado puro. Tokio es quizás la ciudad más tecnologizada, si es que existe esta palabra. Debería existir, como contrario de “desnaturalizada”. La ciudad de lo raro y, por ende, de lo falso. La ciudad de la innovación y, por ende, del futuro. Esto la puede hacer del todo artificial. Pero las flores de loto mueren en el parque Ueno en otoño y renacen al cabo de poco tiempo. Y la belleza de los parques es insuperable. Y todo esto es lo más natural del mundo.

 

 

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