Depresión del Danakil (Etiopía)

Básicamente, realizar un viaje por Etiopía se reduce a tres opciones:

 

1-El norte: destaca sobre todo a nivel cultural, con lugares de interés máximo como Lalibela, además de los monasterios del lago Tana y las ciudades de Gondar y Axum, cuna esta de uno de los mayores y más desconocidos imperios de la historia de la humanidad y donde se conservan estelas mayores incluso que las egipcias. El norte incluye opciones interesantes también a nivel natural, como el parque nacional de las montañas de Simiens, patrimonio de la Humanidad

2-El sur: para los que prefieran ver tribus.

3-Las dos opciones anteriores, una después de otra lógicamente. En medio, Adís Abeba, la capital, que no da para más de un día, máximo dos, y por donde hay que pasar si se quiere ir de norte a sur (o viceversa).

A mí me motivaba más el norte. Lo de hacer fotos a tribus puede ser una experiencia interesante, pero había leído que había mucho de circo allí. Los habitantes del sur casi se han profesionalizado al ver que pueden conseguir más dinero posando para los turistas que trabajando la agricultura y la ganadería, con lo que, en mi opinión, y por muy bellos retratos que se pudieran sacar igualmente, esto creo que le resta encanto y autenticidad. Mi motivación principal era ver las iglesias excavadas de Lalibela, y, ya que iba al norte, ver también otros atractivos de la zona. Así pues, estaba dispuesto a visitar Gondar y el lago Tana…Estaba dispuesto hasta que vi unas imágenes de la depresión del Danakil. Inmediatamente, tuve claro que quería ir allí, aunque eso implicara descartar el resto de los atractivos del norte (excepto lógicamente Lalibela).

La depresión del Danakil, también llamada depresión o desierto de Afar, es sin duda, y sin ánimo de exagerar, uno de los lugares más fascinantes del planeta. Aparte de ser uno de los que están a menos altitud (es el punto más bajo de toda África, y también donde hace más calor, llegando incluso a los 55º en agosto), es un sitio impresionante, con una naturaleza única y que, además, los pueblos que lo habitan conservan un modo de ganarse la vida que parece de otra época.

En la depresión del Danakil encontramos maravillas de la naturaleza como el volcán Erta Ale, de los pocos activos en el mundo donde se puede subir hasta el cráter y ver su increíble actividad a pocos metros, o el Dallol, donde los minerales del suelo crean un paisaje de formas y colores que parece que estés en otro planeta. Y no es ningún tópico. Según Wikipedia: “El término Dallol fue acuñado por los afar y significa disolución o desintegración, describiendo un paisaje formado por estanques verdes y ácidos (pH<1), óxido de hierro, azufre y llanuras de sal”.

Hablando de los afar…son la tribu que puebla esa región. Musulmanes, no como la mayoría de etíopes, tradicionalmente, una cultura muy cerrada e incluso hostil con los extranjeros. Y muchos de ellos se ganan el pan con el que debe ser uno de los oficios más duros del planeta: acuden a un enorme lago de sal, pican las rocas bajo un sol de justicia hasta crear rectángulos de más o menos 20×30 cm, los cargan en camellos y los llevan a vender a Mekele, la capital de la región, en un viaje de más o menos una semana. Junto con el Erta Ale y la zona del Dallol, el lago de sal es el tercer de los lugares impresionantes de esta zona tan espectacular que es la depresión del Danakil.

Normalmente los tours por este desierto duran entre dos y cuatro días, dependiendo de lo que se quiera visitar. Los cuatro días dan para poder ver el volcán, el lago de sal y el Dallol. Es obligatorio hacerlo con agencia. No se puede hacer por libre desde que hace unos años secuestraron y mataron a varios turistas alemanes cerca de la frontera con Eritrea. Hay que ir con un touroperador local, que se encarga no sólo de proveer la comida y el material para acampar sino también de negociar con los mandatarios de cada pueblo el tema de los permisos y la seguridad militar para visitar los lugares de interés.

Antes de volar a Etiopía, en Semana Santa del 2017, por tanto, contacté con varias agencias. Tenía claro que no quería ir con ETT, la mayor agencia etíope, porque había leído que los grupos eran muy numerosos. Había leído buenos comentarios sobre World Sun, así que les escribí. Negocié el precio del tour de cuatro días con su propietario, Negasi (375 euros finalmente) y quiero pensar que fue una elección. Todo perfecto, sin ningún problema. Lo quería tener todo cerrado, así que me aseguré de que así fuera y le mandé hasta tres correos, e incluso le llamé desde España, para que confirmara que había tour el día que yo quería.

Y así fue. Puntualmente, a las 9:30, me pasaron a buscar por el Hotel Zemarías de Mekele, capital de la región y punto de partida y llegada de todos los tours al Danakil, para llevarme hasta las oficinas de la agencia, donde conocí al grupo que iría conmigo. En total éramos 4 jeeps, con los guías, cocinera y 10 personas más de diferentes países. Especialmente entablé buena relación con mis compañeros de vehículo: una pareja de Munich, Michael Vogt y su novia Annerose, además de un fotógrafo freelance, también alemán, que ha visitado más de 150 países. Las conversaciones sobre viajes fueron el tema recurrente, y con un tipo así (acaba de estar en lugares como Sudán del Sur, ahí es nada) no te aburrías. Por cierto, me robaron el móvil el último día en Adís Abeba, con lo que perdí las fotos. Las expuestas aquí están cedidas muy amablemente por Mike y Annerose, a los cuales les agradezco enormemente su cesión (además de sus explicaciones sobre la relación entre los rastafaris de Jamaica, movimiento espiritual que ellos profesaban, y Etiopía, especialmente con el emperador Haile Selassie; relación que no conocía y que me resultó cuanto menos curiosa)(Hablando de Selassie, durante mi viaje pude leer y disfrutar el libro en el que Richard Kapuscnski habla sobre este ambiguo y polémico personaje, fundamental para tratar de entenderlo).

 

El programa se cumplió aunque hubo algún cambio de orden, debido a que coincidía que el viernes teníamos que estar en el lago de sal pero, como los trabajadores son musulmanes y hacían fiesta, se cambió la ruta para coincidir otro día. Pero todo se cumplió perfectamente. La gente de Worldsun está pendiente de que estés bien en todo momento, sabiendo que realmente es algo duro…aunque yo iba tan mentalizado que al final no fue para tanto. Pero sí es cierto que hay que ir advertido: dos días duermes apenas 4 horas y al aire libre, sólo te duchas un día, haces muchos quilómetros en coche, hace realmente mucho calor, entre la subida y bajada al volcán son 20 quilómetros…en fin. Durillo, pero nada imposible. Y, sin duda, vale muchísimo la pena. Ves cosas únicas. La agencia procuró continuamente por nuestro bienestar e incluso tuvo el buen criterio de no coincidir con las otras agencias en los lugares que visitábamos: íbamos antes, o después, o nos quedábamos más rato…estos detalles sin duda se agradecen. En cuanto a la comida, y aunque hubiera preferido que hubieran cocinado más platos típicos, también estaba bien. Desayunos con crepes y huevos revueltos y comidas y cenas con pasta y ensalada. Ningún lujo pero muy correcto. También me gustó que nos dieron cantimploras y llevaban bidones de agua, para no tener que ir con botellas de plástico y dejar la basura en cualquier lado.
Sin duda lo más destacable del primer día fue ver cómo las caravanas de camellos salen del lago Asale y se dirigen en dirección al sol, que se está poniendo. Es una imagen única, espectacular. Lástima, como he dicho, que no tengo fotos, pero conservo en la memoria la imagen imborrable de las siluetas de los camellos, sobre un suelo de sal, con el sol de fondo poniéndose. Muy bello.

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Día 2: Tras dormir apenas 4 horas en una choza semiabierta hecha de cañas y paja, encima de un colchón y con el viento despertándome a cada momento, nos dispusimos a visitar otro de los “highlights”, el Dallol. Acompañados por militares, se ven unas formaciones rocosas alucinantes de colores amarillo, verde y rojo, fruto de la mezcla de minerales existentes.

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Realmente, parece que estés en otro planeta. Es impresionante. El trayecto hasta allí desde el poblado también es muy bonito, porque pasas por paisajes totalmente blancos. Parece nieve. Tras visitar el Dallol, visitamos a los trabajadores: mineros que pican el suelo bajo un sol de justicia a 40º, extraen bloques de sal y los cargan en camello, que llevarán, en un trayecto de 7 días, hasta Mekele. Increíble que aun trabajen de esta manera. Ese día pudimos ducharnos y dormir bajo techo; no recuerdo el nombre del pueblo, pero tenía bastantes servicios así como bares y restaurantes.

Día 3: Seis horas en jeep, que no se hicieron pesadas, hasta el campo base del volcán Erta Ale. Cenamos y, sobre las 18:30, cuando el sol ya no pica tanto, empezamos la ascensión. 10 quilómetros solo iluminados por las linternas de los guías y la luz de la luna. Quien quiera puede subir en camello. Tras dejar las mochilas donde se duerme, hay un pequeño paseo de 15 minutos hasta el borde del cráter, desde donde disfruté de una de las imágenes más impactantes que he visto en mi vida: el espectáculo de la lava. Pensaba que sería algo estático, pero no: ríos y cascadas de lava inundan el espacio, de repente, un agujero lo engulle, empiezan las explosiones, una nube de humo, se crea una gran roca de magma de la que se desprenden trozos…es una imagen brutal, y que cambia a cada minuto. Impresionante, sin duda. Estuvimos una hora contemplando el espectáculo, impresionante y eso que el volcán había explosionado hacía pocas semanas. De no haber sido así, se hubiera podido contemplar la lava prácticamente a ras de vista. Aun impactado, fuimos a dormir.

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Día 4: Apenas 4 horas, hasta las 5.30, cuando nos despertaron para ir de nuevo al borde del cráter y disfrutar de la imagen por última vez. La bajada, 10 quilómetros tras haber dormido poco, fue algo dura, sobre todo el tramo final, cuando eran ya las 10:00 de la mañana y el sol apretaba. Aquí vi lo peor del viaje, lo peor del género humano: la cantidad de basura que hay. Me entristeció mucho ver que está todo lleno de botellas de agua. Cómo puede haber gente tan guarra, que ensucie un paraje así. No lo entiendo, me dio mucha pena.
Varias horas de jeep hasta el lago Afdera, donde nos pudimos bañar, y luego 4-5 horas más hasta Mekele. Considero que, realmente, si tienes pocos días y quieres ahorrarte algo de dinero, este día es prescindible. En los tours de tres días se visita también lo más destacado. Quizás se conduce más horas, pero no es mala opción si se quiere ahorrar. Me alojé en el mismo hotel que la primera noche, el Zemarías.

El tour por Danakil había acabado, pero yo tenía un día libre en Mekele: si hubiera perdido algún vuelo interno, o el tour que empezaba el 11 se hubiera anulado, o lo que fuera, por si acaso dejé un día de margen al final. De hecho, de no haberse hecho el tour, por lo que fuera, el 11, tenía apalabrado empezar con otra agencia que lo hacía el 12. Nada de esto ocurrió, así que estuve un día entero en la capital de la región del Tigray, descansando y paseando. La ciudad no tiene nada destacable pero, precisamente por esto, por no ser turística, pude caminar sin agobios y sin demasiados comentarios de la gente. En todo caso, saludaban, pero no querían venderme nada y pocos fueron los que me llamaban “faranji”,  término con el que se refieren a los extranjeros.

Fui en minibus al colegio Ayder, donde el ejército eritreo, en 1998, lanzó unas bombas sin justificación alguna y mataron a 11 niños. Hay una sala con una exposición, con trozos de la bomba, los pupitres y sillas tal como quedaron y fotos de los alumnos muertos. Lo vi desde fuera, puesto que era sábado y la escuela estaba cerrada. Pero en un aula había un par de niños construyendo objetos como una radio, un semáforo o un microscopio. Me enterneció ver con qué pasión lo hacía. Y da de pensar sobre el uso de la tecnología.
Vuelta al centro; había mucho ambiente en el mercado; la gente compraba y vendía gallos y cabras puesto que al día siguiente se acababa la Cuaresma y todo el mundo se preparaba para el gran festín. Lo más destacable de la ciudad, el museo de Yohannes, estaba cerrado por festivo, pero seguí paseando, tomando zumos (papaya, guayaba, plátano y aguacate, por 80 céntimos), café (buenísimo, 5 birr, es decir, 20 céntimos, que preparan allí mismo tostando y moliendo los granos). Para comer, un lugar muy recomendable,  Geza gerlase, un restaurante especializado en carne, en un edificio que era como una casa tradicional pero nada turístico, donde va a peso: escoges, lo cortan y lo cocinan: pedí un cuarto de quilo de cordero, especiado, buenísimo, y una cerveza. 4 euros en total. Más paseo por la ciudad. A la tarde, traslado al aeropuerto, para volar a Adís Abeba.

 

En definitiva, Etiopía es un destino completísimo y de primer interés, y el Danakil un lugar único en el mundo y de momento, y por suerte poco masificado, que recomiendo encarecidamente. Me queda en la memoria cuando me dediqué a explorar durante horas y horas los túneles e iglesias de Lalibela, viendo a los devotos, alucinando con las ceremonias, o cuando subí a Abuna Yemata Guh, extenuado, o cuando por la calle mucha gente saludaba y se extrañaba de ver un extranjero, o las estampas de las caravanas de sal en Danakil, o el contraste entre los coloridos vestidos de la gente y el suelo volcánico y gris, y sus peinados, y sus tatuajes en la frente o en el cuello, sus expresiones en rostros curtidos por el viento y la dureza del territorio. Por la noche, contemplar la lava del volcán Erta Ale desde el borde del cráter, su fuerza y su belleza, hizo que me acordara de la cita de Nietzsche cuando dice que, ante la naturaleza espectacular, primero nos sorprendemos, pero luego nos inquietamos porque, para ella, para la naturaleza, no existimos. Y esta neutralidad nos hace pensar, con cierto miedo, sobre nuestros mismos.

 

 

 

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