Moldavia (¿Y Transnistria?)

Lectura durante el viaje: El ala izquierda (Mircea Cartarescu)

 

Sí, entre paréntesis y con una conjunción copulativa. ¿Por qué? Pues porque un simple titular de artículo de tres palabras se puede escribir de muchas maneras debido a su trasfondo político. Escribiría, por ejemplo, “Bosnia y Herzegovina” sin problemas. El problema sería que un nacionalista serbio te diría que no tiene sentido poner “Serbia y Kosovo”, ya que Kosovo, para él, formaría parte de Serbia. Sería como si pusiéramos, por ejemplo, “España y Galicia”, o “Estados Unidos y Texas”. ¿Y por qué entonces lo he puesto entre interrogantes? Pues porque para algunos Transnistria es un Estado, y para otros no. El problema es que Kosovo es reconocido por 100 de los 193 países de la ONU, en cambio, Transnistria sólo es reconocido por otros países no miembros de esa organización. Es decir, es un Estado (o no) reconocido sólo por otros países no reconocidos. Algo lioso, pero a la que se le puede dotar de cierto sentido filosófico e incluso aplicable a las personas: ¿Existimos por nosotros mismos, o sólo por reconocimiento, es decir, por diferencia, con los otros? ¿Tenemos entidad e identidad propias si no hay nadie al otro lado que nos defina? Me recuerda a lo del árbol que cae en el bosque y nadie escucha el ruido, o lo que sea que (no) hace. Pero vayamos por partes.

 

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Catedral Metropolitana de Chisinau

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Horarios de paso del trolebús

Creo que Moldavia es (si no me equivoco, ya que no me he puesto a mirar uno por uno), el único país del Europa que no tienen ningún lugar propio (no compartido con otro país) declarado patrimonio mundial por la UNESCO, lo que hace que, sin duda y para mí, ya tenga algo especial. Creo que también, y por una razón no muy alejada de esto mismo, es el país menos turístico de Europa. Y entonces sí que ya lo hace muy atractivo a mis ojos. ¿Más alicientes, y además con más rigor? Sí: es el único país de la ex URSS cuya raíz es latina. Efectivamente, los moldavos no son ni eslavos, ni caucásicos ni están en Asia central. Su idioma oficial es el rumano, una lengua romance, pero lógicamente la influencia rusa es palpable en su idioma. Esta combinación que ofrece ser el único país del Este europeo antiguamente perteneciente a la Unión Soviética pero no eslavo le configura una identidad especial, aunque ligado muchísimo a Rumanía.

Su capital, Chisinau, destaca por un par de parques centrales y alguna avenida más o menos interesante, además de algunas iglesias donde, como en todos los centros de culto ortodoxos, las celebraciones crean una atmosfera muy especial, con cánticos e incienso. Una ciudad curiosa, sin duda, que tiene más de pueblo que de capital de estado: algunas calles en el centro con grandes edificios estalinistas y el resto más parecido a una villa, con casas de una planta de la época imperial rusa de finales del XIX, muchas de ellas con cierto encanto aunque la mayoría de ellas destartaladas. Me recordó a la arquitectura de los barrios de Samarcanda, lo cual hace ver que tanto los rusos como los soviéticos impusieron su estética en dos países tan diferenciados como son Moldavia y Uzbekistán. El mar Negro, las montañas del Cáucaso y el Caspio de nuevo no fueron obstáculos pequeños ni crearon suficiente distancia como para que esos dos grandes imperios uniformizaran todo lo que pudieron.

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A una hora de trayecto de Chisinau está Oreihul Vechi, seguramente el lugar cultural de máximo interés de todo el país, y que incluye una pequeña iglesia medieval excavada en una roca. Además, el entorno es de gran belleza natural, ideal para realizar senderismo, recorriendo campos y pueblecitos de bellas casas azules. Ahí me encontré el único turista que vi en todo el país: un israelí que visitaba el que fue el lugar de origen de sus abuelos, que emigraron en 1951, poco después de la fundación del nuevo estado judío, tras librarse primero de Hitler y antes de ser perseguidos por Stalin.

 

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De vuelta a la capital, paseo por uno de los dos parques centrales. Un grupo de pop-rock para adolescentes monopoliza la atención de todos los paseantes. A unos cien metros, un hombre con una guitarra toca jazz en un banco. Nadie le hace el menor caso. Compro un par de cervezas, me acerco a él y le doy una. No hace falta decir nada. Me regala una mueca estoica, que se entiende perfectamente. La música de mierda se lleva todas las miradas. El jazz no le interesa a nadie. Me dice que ha sacado medio euro en toda la tarde. Toca algo de blues, pero apenas se oye ya que el viento trae las melodías facilonas del grupo de jóvenes. Hablamos de varios temas, entre ellos la religión. Dice que es ateo, pero no sé cómo, me acaba soltando que está en contra del matrimonio homosexual. Curioso, dos meses antes, un taxista, joven, en apariencia moderno y de mentalidad abierta, me dice lo mismo en Kiev. Me da qué pensar. En nuestro eurocentrismo (y me refiero a la mentalidad de Europa occidental), nos parece normal que todos los países del Este quieran entrar en la Unión Europea. “Será una forma de abrirse”, decimos. “Les traerá progreso económico”. Sin duda, un pensamiento ingenuo. Yo pensaba que no podía haber nada más abierto que un músico de jazz divorciado, pero me equivoco: si este músico proviene de la tradición ortodoxa, aunque no crea en Dios, siempre tendrá un punto de conservadurismo mayor que sus homólogos de Occidente.

La tradición religiosa pesa mucho en Europa del Este, y el deseo de aproximarse a Rusia es algo que a nosotros nos puede chocar, pero ahora lo veo claro: no es tanto por razones económicas como culturales. Y es algo que nos cuesta de entender. Lo mismo me dijo el taxista joven ucraniano: la mitad de la población no quiere entrar en la Unión Europea para que no les impongan unas leyes emanadas de una mentalidad que ellos no tienen (y no sé si poner un “todavía” entre paréntesis). Porque las leyes se cambian rápido, pero el ADN de un pueblo perdura y es prácticamente inamovible.

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Interior de una iglesia ortodoxa

 

Uno de los principales alicientes del país es visitar Transnistria, que he mencionado al principio. Tras la disolución de la Unión Soviética, se formó Moldavia, pero un territorio, situado en el margen oriental del río Dniéster no se consideraba a sí mismo parte de este nuevo país, ya que sus raíces eran eslavas. Tras algunos enfrentamientos y varios muertos, consiguió un cierto estatus especial, pero no la independencia total.

Transnistria, así, es un lugar curioso, al que se debe acceder con pasaporte pero al que no se puede llegar desde cualquier otro país que no sea Moldavia, ya que al no estar reconocido internacionalmente, no tiene oficialmente fronteras con terceros países.  Trolebuses destartalados, grandes avenidas vacías, coches de marcas como Lada o Mosvitch y estatuas de Lenin, más por simpatía pro-rusa que por convencimiento ideológico. Todos los carteles están en cirílico, ya que su población es eslava. Tienen matrícula, ejército, parlamento, himno, bandera y moneda propios, pero sólo los reconocen Abjasia, Osetia del Sur, Nagorno Karabaj y algún otro país no reconocido como Estado. Un lugar sin duda extraño, al que al entrar te dan un papelito según el cual sólo puedes permanecer en él durante 10 horas máximo. Para extender la estancia hay que pedir un permiso especial. Su capital, Tiraspol, aunque es la segunda ciudad más importante de Moldavia, está unida a Chisinau por una carretera infame de un solo carril por sentido. Supongo que es el castigo que el gobierno moldavo impone a esta región díscola.

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El tiempo parece detenido en Tiraspol, capital de Transnistria.

 

Vuelta al hotel. Hablando con el recepcionista, me señala su enfado por el hecho de que tenga que pasarse al ruso para hablar con moldavos rusófilos que no entienden el rumano. Los moldavos sienten que su raíz es rumana. Y el idioma oficial es el rumano. La población rusófila es minoritaria pero, aún así, cuando alguien habla en rumano, debe cambiar al ruso porque quien habla ruso no entiende el rumano. La anexión fruto del imperialismo soviético aún pesa mucho y la gente se ve obligada a cambiar la lengua propia de su país por la del país invasor para ser entendido. Curioso, es algo que viví solo dos semanas antes, cuando los bereberes tienen que sustituir en sus conversaciones el amazig por el árabe, que fue el pueblo invasor. Algo se repite mucho, por todas partes, y no es lejano. Y esta situación, a pesar de que no origina conflictos en la calle, es aprovechada por los políticos para hacer lo que peor saben hacer: política. Y así como vi que en la India y en Pakistán la religión es el arma usada para enfrentar a gente y ganar votos, en Moldavia es el idioma: los transnistrios consideran que ellos no hablan rumano, aunque simplemente lo que hacen es escriben rumano en cirílico. Para contrarrestarlo, los políticos moldavos dicen que hablan moldavo, lo cual tampoco es correcto filológicamente, ya que su idioma no existe: se trata del rumano.


Y así vemos una tendencia mayor en el mundo: el uso de argumentos irracionales para que algunos políticos se hagan con el poder: ya sea con la religión o ya sea con argumentos sin ningún tipo de base científica, o bien a nivel ecológico (Trump, Bolsonaro) o bien filológico, como es el caso del que hablo. El sentido común cotiza a la baja, mientras el cretinismo masivo enmudece las notas de jazz.

 

 

 

 

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3 Replies to “Moldavia (¿Y Transnistria?)”

  1. Curioso análisis ontológico de este país y su región, de estos dos países o de como cada uno quiera denominar a este lugar recóndito del planeta. No dejan de sorprenderme tus viajes a ninguna parte, es un lujo que podamos asomarnos momentáneamente a la ventana para conocerlos. En este caso, Transnistria no era una gran desconocida para mí; la empresa en la que trabajo, hace años tenía negocios en Chisinau y descubir la existencia de este conflicto me fascinó, en el sentido literal de la palabra, sin entrar en valoraciones positivas ni negativas. Un lugar muy interesante, sobre todo para alguien para quien que un país no tenga ni un solo elemento que forme parte de la UNESCO, ya sea un incentivo para conocerlo.

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