Argelia

Lectura durante el viaje: Crónicas Argelinas (Albert Camus)

 

Como muchas veces digo, me gustan los países poco turísticos y los que tienen alfabetos diferentes. Así que cuando un colega me sugirió Argelia como destino, no me lo pensé dos veces. Un lugar diferente, sin duda. Estigmatizado, igual que Pakistán, y a nivel turístico muy alejado de sus vecinos Marruecos, Túnez y Egipto. La otra excepción magrebí sería Libia.

Argelia, tras conseguir la independencia de Francia en 1962, tuvo cierta pujanza turística, aunque no al nivel de los otros países del norte de África. Tampoco lo necesitó: los hidrocarburos representan más del 95% de las exportaciones del país, así que la ausencia de ingresos por otro lado tampoco es que les preocupara mucho. Y los pocos que venían de visita dejaron de hacerlo a partir de la “década negra”. En los años ’90, la guerra civil a raíz de la impugnación por parte del gobierno de los resultados electorales en la primera vuelta, que iban a dar la victoria al país al partido islamista, dejó entre 100.000 y 200.000 muertos. ¿Quién querría ir a que le asesinaran pudiendo simplemente ser estafado en Marrakech? No había color. En cualquier caso, no es sólo sino uno más de los hechos que prueban que Argelia es un país tremendamente complicado, donde se mezclan política, religión, identidades y economía, y esto genera un sinfín de problemas.

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Y así se da el caso de que uno puede pasear tranquilamente, sin ningún agobio, sin que le intenten vender nada, por el casco antiguo de Argel, la llamada “casbah”, declarada patrimonio de la Humanidad y que actualmente se cae a pedazos. Me advirtieron que no entrara solo, pero yo no percibí ningún peligro. Con todo, en mi opinión, los edificios coloniales franceses, de fachadas blancas y con las ventanas y los balcones azules, en estado de decadencia (pero con un encanto increíble) son el principal atractivo de la capital argelina. De igual modo, uno puede pasear también absolutamente solo por sus magníficas ruinas romanas. En Djemila, también patrimonio de la Humanidad, sólo me crucé con un par de familias locales. En España, Italia o Turquía el aparcamiento estaría lleno de autobuses con turistas.

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Precisamente, este es uno de los principales atractivos de Argelia: su gran variedad, que hace que tenga muchísimos alicientes para ser visitada. Edificios coloniales franceses, ruinas romanas y fenicias, un importante legado español y otomano, las culturas árabe y bereber…Y este último pueblo, el bereber, me atrajo mucho la atención.

Ellos fueron los pobladores originales de lo que después sería Argelia, hasta que fueron invadidos por los árabes. En algunas regiones del país, como la Cabilia, el movimiento bereber es muy importante. Con un idioma propio (el amazig) y un fuerte sentimiento de pertenencia, se sienten menospreciados por el gobierno, que no ha declarado nunca su lengua como oficial, ni tan siquiera co-oficial. Los independentistas bereberes se acercan al 20% en según qué zonas. Hablando con un trabajador del aeropuerto de Constantina, la tercera ciudad del país y que destaca por los puentes que salvan un cañón que separa la ciudad nueva de la antigua, me expresaba su odio a los árabes, a los que aun consideran como “invasores”. En muchas ocasiones, aquí y en muchas otras partes del mundo, el sentimiento nacionalista tiene una raíz económica, lo cual yo considero totalmente legítimo. Si en un país rico por el gas y el petróleo el dinero no llega al pueblo, y este pueblo, en una zona concreta, es marginado por razones identitarias, el conflicto aparece sin duda. La corrupción es gravísima en Argelia y hasta hace poco Buteflika, uno de los dictadores que no cayó con las revueltas de la “primavera árabe”, se perpetuaba en el poder en contra de los argelinos. Este factor, el identitario- político mezclado con el económico, añadido a la “década negra”, hace pensar en lo que realmente es la democracia….¿un sistema político que por definición da poder al pueblo puede quitárselo si consideran que el partido ganador, en ese caso el islamista, no cumple con ciertas prerrogativas de la propia democracia? Argelia no solo es diferente, sino también complicada.

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Complicada, y quizás por ello me ha fascinado. La zona que más me ha impresionado del país fue el valle de M’Zab. Declarado también patrimonio por la UNESCO, este valle, cuya ciudad principal es Ghardaia, a 600 quilómetros al sur de Argel y a las puertas del Sahara, es el hogar de los mozabitas. Bereberes convertidos al musulmán, practican una rama del Islam que algunos consideran la más pura, el ibadismo, y hablan un dialecto del amazig. Son cinco ciudades que usan un sistema hidráulico antiquísimo, lo cual, junto con su estructura, ha servido de inspiración para algunos movimientos arquitectónicos contemporáneos (de hecho, en uno de los pueblos hay una mezquita que inspiró a Le Corbussier en su visita a esta zona). Cada pueblo amurallado se ha desarrollado en una loma, alrededor de una mezquita que servía de atalaya, con construcciones dispuestas en círculos concéntricos, para preservando la intimidad a la vez que creando una ventilación natural. Dentro de sus calles se está fresco. Fuera, en agosto, están a 45 grados. Con razón también yo era el único extranjero.
Lo más impresionante, con todo, son los vestidos de las mujeres: las solteras visten de azul, negro o morado. Las casadas, en cambio, de blanco, y solo muestran un ojo. La tradición (o, lo que es lo mismo, la religión) aquí pesa mucho. La mujer pertenece a su marido, y nadie la puede mirar. Son llamadas “mujeres-cíclope”. En muchas ocasiones, al cruzarme con ellas, se daban la vuelta o miraban a la pared. Impresiona verlas, apareciendo como fantasmas entre los callejones de estas ciudades mozabitas, contrastando su blanco inmaculado con el ocre de las casas.

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Argelia, en definitiva, es un país fascinante, con más alicientes que turistas. Y con una realidad complejísima, fruto de los múltiples pueblos que la han ido dominando. Incluso sus últimos ocupantes, los franceses, tras más de un siglo allí, ya deben ser considerados propiamente parte de la identidad argelina. Este fue uno de los postulados que Albert Camus, que nació allí, mostró muchas veces: su deseo de que se llegara a un acuerdo pacífico tras años de muertes en ambos bandos. En sus “Crónicas argelinas”, que estuve leyendo en el viaje, dejó escritas un par de cosas: una verdadera y otra que no lo llegaría ser. En primer lugar, afirmaba que tan cierto era que los franceses habían cometido abusos contra el pueblo ocupado como que también deberían formar parte del nuevo proyecto de país porque formaban parte de la identidad argelina, si es que tal cosa existe. Pero en segundo lugar dijo que Argelia debía tener un nuevo estatus, pero nunca la independencia, porque esta idea era “romántica” y chocaba con el hecho de que la nación argelina nunca existió realmente. Argelia consiguió una independencia como estado, y ahí Camus se equivocó. Pero sí que es verdad que cuesta considerar a la argelina como una nación cuando cada invasor se ha considerado él el paradigma de esencia de ese país. “No ha habido nunca una nación argelina. Los judíos, los turcos, los griegos, los italianos o los bereberes tendrían el mismo derecho a reclamar el gobierno de esta nación virtual”, dijo Camus. Y es cierto, pero ahora mismo, los argelinos, sean quienes sean ellos, tienen un estado. Y el problema continúa.

En el llamado “Café de los escritores” de Argel, un nombre muy pretencioso y rimbombante para lo que no deja de ser un bar de barrio lleno de personajes pintorescos, el camarero me intentaba hablar de las bondades del Islam hasta el punto de que, según él, yo me acabaría convirtiendo, “insha‘Ala” (es decir, “Si Dios quiere”, lo cual me tranquiliza porque sé que al menos, si no depende de mí, yo no puedo hacer nada al respeto). Me pareció chocante, y de nuevo es solo una muestra de la complejidad del país, que en un lugar supuestamente intelectual, tolerante y de izquierdas (al menos por su propio nombre), el camarero tuviera unos postulados tan religiosos. Pero es que en los países musulmanes, y lo vi hace poco en Pakistán, república islámica enfrentada a la India, religión y política vienen a ser lo mismo. Tras hablarme de las bondades del Islam y de que promulga el amor, me transmitió su odio por franceses (después de haberlo hecho por los judíos). Curioso, por cuanto el sentimiento del trabajador del aeropuerto era el mismo, pero en sentido opuesto, hacia los árabes. En ese momento, una manifestación bereber pasaba por delante del Café. El camarero, despotricando, dijo que esta gente solo quería “destruir el país”. “¿Sus razones no son legítimas?”, le pregunté. Ellos estaban primero, al fin y al cabo. ¿No tratan los árabes a los bereberes como los franceses trataban a los árabes? El camarero no sabía qué decir. “¿Y no merecen que su lengua sea al menos co-oficial”, insistí. “Eso no es una lengua, son jeroglíficos”, me contestó. Recordemos, era un café de intelectuales.

La manifestación se va haciendo grande. Los comercios cierran. Para evitar problemas pero sobre todo porque es viernes al mediodía, y toca la gran oración de la semana. Por la calle, la gente termina las compras de los corderos que sacrificarán el domingo, celebrando así el famoso parricidio de Isaac a cargo de su padre Abraham. La gente pasea los carneros por las calles de la capital en un contraste magnífico con los edificios coloniales franceses. Paro un taxi para ir al aeropuerto. Las calles están cortadas por la manifestación bereber, y cuesta salir del centro. Quizás he ido a dar con el que quizás es el único taxista en el mundo no interesado en política. La manifestación le fastidia, pero no sé si porque, como el camarero, es un árabe convencido de que a los bereberes ni agua, o simplemente porque no puede salir del atolladero. Con todo, me hace el mejor análisis de la situación del país. Nadie podría definir mejor un embrollo en el que se mezclan franceses, bereberes, árabes, petróleo, revueltas, elecciones impugnadas, independencias, invasiones, corrupción y religión.

-“Cette manifestation… ¿Bereber?¿Amazig?¿Qu-est ce que?”, le pregunto.
-“C’est una merde”, me contesta

Pues eso.

Argelia es diferente, por muchas cosas, y esto me encantó. Es diferente y, además ahora hay paz. Y que continúen ambas cosas, lo quiera Alá o no.

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13 Replies to “Argelia”

  1. Es un relato precioso. ¿Conoces la novela ENTRE DOS MUNDOS? Esta publicada en castellano y en valenciano por Nova Casa Editorial. La autora es Mariló Sanz Mora y modestamente digo que soy yo. Es el relato de un viaje personal por Argelia ya hace muchos años mezclando realidad y ficción. Tal vez te guste leerla. En tu relato he visto muchos aspectos que yo también explico en mi novela porque es la realidad que se vive.

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  2. Madre mía, me ha impresionado tu relato, Xavi. Qué complejo y qué interesante todo lo que cuentas. Siempre me ha atraído Argelia, quizá ahora que están en paz es el momento de ir, sí. Gracias por compartir tu viaje, se agradecen vivencias tan distintas narradas desde un punto de vista tan amplio y claro.

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