Israel y los territorios palestinos

Había leído en una guía de viajes de Israel que, en todos los aeropuertos donde opera El Al, la compañía aérea nacional de ese país, los mostradores de facturación están un poco apartados del resto, y protegidos por policía. Y que había controles muy rigurosos de seguridad. Ahí comprobé que, cuando se dice que un viaje empieza antes de salir, en este caso no solo se refería a documentarse, preparar la maleta, planificar la ruta y todas estas tareas casi rutinarias. El viaje empieza por una especie de interrogatorio antes de poder sacarse la tarjeta de embarque: de qué trabajo, por qué voy a Israel, en qué países he estado últimamente, si había alguien más cuando he hecho el equipaje, cómo he llegado al aeropuerto…todo esto y más solo para poder facturar. La bolsa es inspeccionada detalladamente con detectores de anti-explosivos, y solo entonces puedes conseguir tu tarjeta. E incluso así, luego fui escoltado desde el mostrador de facturación hasta el control de seguridad…por si en esos 50 metros alguien me introducía algo en la mochila. No se deben fiar de las inspecciones del propio aeropuerto.

Y así es como empezó un viaje que rompió esquemas. Porque yo creo que viajar no sirve para romper tópicos, sino más bien para matizar realidades. Vas con una idea preconcebida y es probable que se cumpla, pero con mil matices, fruto del aprendizaje, la observación y la experiencia. Creo que este viaje a Israel y a los territorios palestinos ha sido el primero en el que he vuelto con más dudas que las que tenía al ir. Y no será por no haber recibido información, al contrario. Pero todo es mucho más complicado de lo que parece. Todo es mucho más matizado que lo que nos llega. Hay tantas actitudes y opiniones como habitantes, o incluso más. Y todo es, por tanto, mucho más enrevesado que la que normalmente conocemos, demasiado maniqueo. No, ahí no hay un bando malo uniforme, incomprendido por el resto del mundo a sus ojos. Todo es demasiado complejo porque el problema muchas veces es que la razón es la sinrazón, y así es imposible solucionar nada.

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No soy un experto en historia ni en geopolítica. Tampoco soy capaz de sacar conclusiones tras un viaje de solo cinco días. E intento, cuando viajo, no juzgar, aunque a veces sea inevitable, como cuando percibes injusticias inmorales. Es fácil dividir entre buenos y malos, sobre todo a raíz de las informaciones que nos llegan casi a diario de lo que sucede allí. Pero todo es mucho más complicado. Israel y Palestina son territorios con fronteras conflictivas, pero es que también son territorios humanos con mil matices: Los israelíes se quejan de que Occidente, especialmente Europa, no les comprende. A su vez, los judíos mizrajíes (los que vinieron o descienden de Oriente medio, Asia Central o el Norte de África) se sienten discriminados por los asquenazíes (los que vinieron de Europa central), que son los que están en las élites políticas y económicas, y los judíos etíopes (que vinieron en los ’80 en varias operaciones secretas y encubiertas) a su vez se sienten discriminados por los otros dos grupos. Para acabarlo de complicar, lógicamente los palestinos se sienten discriminados por todos los otros tres grupos de judíos, mientras, en un círculo que se cierra, los árabes que viven en Israel se sienten discriminados por los palestinos, que les consideran en cierto modo unos traidores por haberse quedado a vivir en tierra “enemiga”, y lógicamente por los propios judíos israelíes. Israelíes árabes, árabes israelíes, árabes palestinos, judíos árabes…pocas veces el orden de los adjetivos y los nombres sirvieron tanto no solo para describir sino también para clasificar. Y de ese orden depende también que uno sea su enemigo o no.

Porque sí…No todos los árabes de Israel son palestinos, ni todos los judíos son sionistas, ni mucho menos. Y, de hecho, y aunque parezca una paradoja, algunos de los ultra-ortodoxos son los que menos. El segundo día de mi viaje, tras haber visitado el casco antiguo de Jerusalén en la primera jornada, fui al barrio ultra ortodoxo de Mea Sharim, fundado por judíos centroeuropeos en la década de los ’80 del siglo XIX y que, debido a su fundamentalismo, se conserva prácticamente como entonces. Siguen a rajatabla los preceptos del judaísmo y visten de forma tradicional. Pues bien, paseando por ese barrio, donde los hombres van con sombreros, largas barbas y tirabuzones, y las mujeres con peluca debajo de un pañuelo y acompañando a un montón de hijos, me quedé sorprendido viendo un cartel pro-palestino. ¿Algún insensato había ido allí a provocar? ¿Precisamente en ese barrio de judíos radicales? Mientras un grupo de niños me tiraba cosas y me escupía (por suerte, sin darme), mirándome con odio (me dieron pena, ya que es lo que les han inculcado), me encontré al único judío del barrio sin sombrero, solo con “kipá”. Era un judío de Nueva Jersey, que al menos una vez al año, volvía a la tierra de sus antepasados. Me explicó que en ese barrio, y por si pareciera imposible, hay una rama de los ultra ortodoxos todavía más radicales, que están en contra del Estado judío: según ellos, el Estado judío solo puede ser fundado por el Mesías (todavía por llegar), con lo cual ellos se sienten mucho más identificados con la tierra palestina, que es su origen, que con una construcción artificial que consideran incluso peor que el Holocausto, por sacrílega. Se cierra aún más un círculo cuando los extremos se tocan. Judíos tan radicales que están en contra del Estado de Israel (del que, por cierto, viven, ya que reciben muchas ayudas y no trabajan porque se dedican al estudio religioso). Lo dicho, todo es muchísimo más complicado de lo que parece. Y en ese barrio es el único donde los militares no ponen un pie.

Con ese hombre tuve una bonita charla con ese hombre, aunque sin duda ninguno de los dos convenció al otro. Cuando mi última respuesta a la última pregunta es “no se sabe” (¿Cómo se creó el universo?) y la suya es “Si no hay respuesta, tiene que ser Dios”, es imposible ponerse de acuerdo. Y menos cuando me expuso algunos de los motivos por los cuales Israel no solo es la tierra de los judíos y no de los palestinos y también por qué son el pueblo elegido (el motivo es “porque lo pone en el Libro”, es decir, sus sagradas escrituras) sino por qué esa tierra en disputa es el centro del Universo (con argumentos sorprendentes y más prosaicos, entre los cuales está su benigno y equilibrado clima, que permite cultivar todas las frutas y verduras del mundo o esquiar y bañarse en el mar en el mismo día). Y esto me lo dijo un judío moderado, proveniente de una de las ciudades más abiertas y multiculturales del mundo. Sin duda me hubiera gustado hablar con un judío ultra ortodoxo.

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En el barrio ultra ortodoxo de Mea Sharim no hay televisiones…no sé si es cierto o no, pero me fijé y no vi ninguna antena. La gente se informa a partir de carteles colgados en las paredes de las calles

 

Pero Israel es mucho más que un territorio en conflicto desde hace miles de años. Hay muchísimos alicientes, desde el punto de vista natural y cultural: y en este segundo incluyo todo lo humano –y lo divino-, desde la antropología a la historia y la religión. Porque, y lo he dicho muchas veces, las creencias que tiene un pueblo sobre la muerte, el más allá, los dioses y los espíritus dicen mucho del comportamiento de ese pueblo, de sus tradiciones, costumbres y muchos aspectos culturales, incluyendo arquitectura y gastronomía. Y de la misma manera que ver un sacrificio vudú en Benín o una cremación hindú en Varanasi no es solo una cuestión estética, sino que dice mucho de la cosmovisión de una gente, que Israel sea el único estado judío del mundo también habla sobre el carácter de un pueblo. Y eso es lo que me interesaba conocer. Eso y el conflicto que genera.

El casco antiguo de Jerusalén es algo decepcionante si solo se observa desde un punto de vista, digamos, “artístico”: el barrio árabe no es algo que no puedas encontrar en cualquier ciudad musulmana, mientras que el cristiano es muy turístico (mención especial para la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se supone que está enterrado Jesucristo, bastante dejada y llena de andamios) y el judío, demasiado nuevo: no en vano, se hizo cuando los israelíes recuperaron, en 1967, el control de la ciudad (junto a una de las puertas de la ciudad antigua, amurallada, la de Sion, aun se ven los agujeros de las balas de los militares judíos que recuperaron el casco histórico, en manos de los jordanos desde 1948, en la Guerra de los 6 días). En ese casco histórico lo realmente impresionante es ver todo el fervor del Muro occidental, conocido popularmente como el Muro de las Lamentaciones; sin duda algo por lo cual vale la pena visitar Israel. Es digno de ver cómo rezan, como se balancean, cómo visten, cómo imploran…un espectáculo único, si se me permite la palabra. Se trata de lo único que queda del segundo templo (el original fue construido por Salomón), destruido por los romanos en el año 70 y a cuyo otro lado encontramos la explanada de las mezquitas, con la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa, un lugar sagrado para judíos y musulmanes y también una metáfora del conflicto que desde este espacio se extiende hacia todo el territorio de la antigua Judea.

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Tras él, en el Jerusalén este, que es la parte árabe, está el mítico Monte de los Olivos, donde Jesús iba a orar y donde fue apresado. Desde su inmenso cementerio judío (un lugar privilegiado para el entierro, porque según ellos el verdadero Mesías vendrá por ahí) la vista de la ciudad es impresionante. Un grupo de judíos estaba orando entre lápidas cuando, con la puesta de sol, se escuchaba el muecín de una mezquita cercana. La llamada a la oración a los musulmanes se fundía con los cánticos de los ultra ortodoxos bajo un increíble cielo anaranjado. Si el resultado era una polifonía respetuosa o una cacofonía imposible lo dejo de nuevo en manos de los amantes de las metáforas.

 


Sin duda Israel tiene muchísimos alicientes, desde la propia ciudad de Jerusalén hasta Tel Aviv, con la concentración de edificios Bauhaus más grande del mundo, y patrimonio de la Humanidad: me gustó ver cómo los arquitectos judíos vinieron desde Alemania y trajeron ese estilo racionalista moderno, pero adaptándolo al clima mediterráneo. Y me sorprendió ver cómo la mayoría de los edificios están en un estado ruinoso. Otro de los de los alicientes para visitar el país, para mí imprescindible, es conocer Cisjordania.

El autobús que lleva de Jerusalén a Hebrón es aparentemente normal, salvo que si uno se fija un poco podrá ver que el cristal es doble. Esto es debido a los ataques frecuentes de los palestinos, que lanzan piedras. En esa ciudad, dividida en dos (el 80% es árabe), se encuentra el segundo lugar más sagrado para los judíos: la tumba de los Patriarcas, donde están enterrados Abraham, Jacob, Isaac y sus respectivas mujeres. Bajo del autobús, aun en el lado judío, y justo ahí está la oficina de información. Me intereso por la llamada “zona fantasma”. El hombre que atiende, un anciano simpático, le fastidia un poco esa denominación: es como se conoce a una parte del centro de Hebrón que fue habitada por árabes hasta que el ejército judío la cerró. Ahora allí no vive casi nadie; todas las tiendas están selladas y, realmente, es una zona muerta. Solo hay algunos niños jugando y militares judíos vigilando. El hombre de la oficina de información me explica que fue por protección: antes convivían sin problemas, hasta que los judíos que bajaban a comprar al barrio fueron atacados. Yo le digo que en Europa toda la información que llega es negativa y que las acciones israelíes no están bien vista. Con pesar me responde que ellos se sienten incomprendidos, que la zona se evacuó porque los judíos fueron los que sufrieron ataques y que él mismo sufre ataques continuos en su coche. Me enseña no solo fotografías de los cristales rotos de sus vehículos sino también una pistola que lleva, por protección. Esto sorprende en Israel, también: la cantidad de civiles que van armados por las calles. Se sienten incomprendidos y se esfuerzan para que los visitantes se informen, para que no tengan prejuicios. En este intento, nada se deja al azar: en el folleto turístico que me da sobre la Tumba de los patriarcas, la primera frase que se lee es: “Hebrón es mencionado 27 veces en la Torá, y ninguna en el Corán”. Otra manera de reclamar la legitimidad de ese territorio.

Se pasa un “checkpoint” y se entra en la zona “fantasma”, ya en territorio árabe, que fue evacuada y ahora es un barrio donde se respira una calma tensa. Los judíos tienen prohibido entrar, aunque no se pide el pasaporte: no pueden acceder aunque no hay nada que lo impida. Para ellos está vetado, pero hay carteles que indican que si entran es bajo su propia responsabilidad. Las tiendas están cerradas a cal y canto, así como casi todas las ventanas. Es curioso: para entrar a las zonas árabes a uno le preguntan la religión. Decir que eres cristiano es una especie de salvoconducto. En cambio, para volver de la zona árabe a la judía sí que piden el pasaporte: no solo en los múltiples “checkpoints” en toda la ciudad, también en las carreteras que unen Israel con los territorios palestinos. La tumba de los patriarcas es el epítome de esta división: el edificio siempre ha sido motivo de disputa, y el féretro de Abraham se puede ver desde el lado judío o desde el lado árabe (para ellos es la mezquita de Ibrahim). Un cristal antibalas separa las dos partes.

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La zona árabe de Hebrón es muy bulliciosa. Hay muchísima vida en la calle, aunque se nota muchísima pobreza. El nivel de vida es mucho más bajo que en Israel, y los precios también. Una de las peculiaridades de esta ciudad es que hay colonos judíos habitando en el centro de la ciudad. Los asentamientos, ilegales incluso a ojos de la ley israelí,  a lo largo de los territorios palestinos son, no solo para la mayoría de la comunidad internacional sino también para gran parte de los judíos, especialmente los moderados, el principal obstáculo para el proceso de paz. Pero el gobierno no impide esta colonización, que llega a uno de sus puntos más dramáticos en Hebrón, donde muchas de las calles del zoco árabe tienen que ser cubiertas por mallas porque los colonos lanzan objetos desde las ventanas a los habitantes musulmanes que pasan por debajo. Fue algo que realmente me impactó.

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Cruzar los “checkpoints” es algo impactante. Es una situación de aparente igualdad entre los dos bandos. Pero muy aparente, porque en realidad no lo es. Curiosamente, uno de los libros que me acompañó en el viaje fue el ensayo “Para una crítica de la violencia” de Walter Benjamin, paradójicamente un judío que tuvo que emigrar con el ascenso del nazismo. Extraigo un texto que para mí define perfectamente la situación:

“El establecimiento de fronteras no significa la somera aniquilación del contrincante. Se le conceden derechos, aun en aquellos casos en que el vencedor dispone de una superioridad absoluta de medios violentos. Y, de manera diabólicamente ambigua, se trata de una «igualdad» de derechos: para ambas partes firmantes del contrato, la línea que no debe franquearse es la misma. Aquí asoma con terrible ingenuidad la mítica ambigüedad de las leyes que no deben ser «transgredidas», y de las que hace mención satírica Anatole France cuando dice: la ley prohíbe de igual manera a ricos y pobres el pernoctar bajo puentes”. Mejor no se podría definir.

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Niños jugando a fútbol ante un “checkpoint” vigilado por un militar, en la zona árabe de Hebrón

 

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Belén, también en Cisjordania: niñas jugando ante el muro que separa la ciudad de los asentamientos

 

A la vuelta a Jersualén, protegido por el doble cristal, le estuve dando muchas vueltas a la cabeza a lo que había visto y vivido. ¿Había solución para todo ello? En solo cinco días era imposible conocer una realidad tan complicada, y por tanto aún menos encontrar una salida. El otro libro que me acompañó en el viaje fue “Tierra de chacales”, el primer trabajo del escritor israelí más conocido, Amos Oz, quien casualmente falleció un día antes de mi viaje. Comprometido con el proceso de paz, la solución para él era la partición en dos estados separados: Israel y Palestina. La solución para él y para casi todo el mundo, “incluso para los sionistas más radicales, que en el fondo saben que debe ser así”, afirmaba.
Muy probablemente esta es la solución. Aunque cuando  la sinrazón se admite como razón, cuando el derecho al que se apela es el derecho divino y cuando una verdad que no es tal se pone como condición esencial, uno sabe que la partición de la tierra, una decisión salomónica y nunca mejor dicho, va a ser terriblemente complicada de llevar a cabo.

 

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8 Replies to “Israel y los territorios palestinos”

  1. Parece mentira que en el 47 se propusiese la creación de los dos Estados y no se aceptase (creo que se negó UK). Quizá si llegan a saber cómo siguen las cosas en 2019, se lo habrían pensado. Aunque como bien dices, no es todo tan sencillo, sino que la realidad está llenísima de matices. Me ha impresionado tu entrada Xavi, cinco días en mundos tan diferentes y complejos. Gracias por compartir.

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    1. Gracias por comentar! Fueron los propios árabes los que se negaron, ya que no estaban de acuerdo con algunos términos de la propuesta. Pero tienes razón, seguro que ahora se lo pensarían mejor.

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  2. ¡Muy interesante! Yo también viajé a Israel hace unos años y quedé impactada: el check-point para ir a Belén, mi difícil salida del aeropuerto para regresar a casa (los interrogatorios, las inspecciones),… Realmente, es muy, muy difícil comprender la complejidad del conflicto. Pero tu entrada tiene apuntes y comentarios que me parecen muy acertados y que ayudan a entender un poquito más y, sobretodo, a matizar, la situación que se vive en Israel.

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  3. Hola! He eNcontrado tu web por tus intervenciones en http://www.losviajeros.com y vaya suerte dar con ella. Me encantan tus relatos. En junio iré a Israel-Palestina, viajando solo, por mi cuenta y para´re en sitios que has estado tú. Me encanta la fotografía y estar con la gente, viajo siempre cámara en mano.

    La verdad es que estoy un poco acoj… por la cámara y la seguridad allí, no sé si se puede fotografiar con relativa “facilidad”. Más miedo me dan los controles de aeropuerto, sobre todo los de salida. ¿Ocultaste que visitaste Palestina? Yo he oído de todo, hasta que requisan cámaras.

    Cualquier consejo será bienvenido y enhorabuena por tu web y tu filosofía viajera.

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    1. Hola Juan,
      Muchas gracias por tus palabras tan amables; me alegra que te haya gustado el blog y su filosofía.
      Por el tema de las fotos, no hay problema…excepto a los militares y a los ultraortodoxos del barrio de Mea Sharim, no hay problema en fotografiar a gente, ya sea en el muro de las lamentaciones o a los palestinos. Por tanto, no te preocupes por la cámara, la puedes llevar dónde quieras.
      En la salida del aeropuerto tampoco hay problema…ve con tres horas de antelación, eso sí, porque se forman muchas colas, pero no te preguntan casi nada…de hecho, preguntan mucho más a la salida desde España. Lo de requisar cámaras o es algo muy puntual o es un mito; yo no conozco a nadie al que le haya pasado, o sea que no temas tampoco.
      De todas maneras, no pasa nada con ir a Palestina…te aconsejo mucho que vayas a Hebrón, es alucinante. Para entrar en la zona palestina a lo sumo te pregunta la religión (dices que eres Cristiano y ya está), y al entrar de nuevo en la zona israelí lo mismo (o quizás te pidan enseñar el pasaporte, según el checkpoint) pero tampoco es mayor problema.

      Por tanto, no temas…disfruta porque es un país con gente muy fotogénica (evita solo fotografiar a militares y a ultraortodoxos en su barrio) y no temas por los controles. Y si te preguntan si fuiste a Palestina, pues puedes decir que sí, a visitar Hebrón (y Belén si vas) pero vamos, por tu nacionalidad no hay problema.

      saludos!

      Xavi

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      1. Oye Xavi, muchas gracias. Me ha sacado unos cuantos miedo de la cabeza. Me encatará seguir sabiendo de ti y estar en contacto.

        Un abrazo y gracias de nuevo.

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