Siria (avance editorial y galería fotográfica)

Sé que estoy en Siria desde un punto de vista oficial porque me acaban de poner el sello de este país en el pasaporte. Sé que estoy en Siria desde un punto de vista geográfico porque el paisaje es algo diferente, y no me refiero solo a los controles militares y los retratos de Bashar al-Ásad. El territorio es mucho más árido que en el Líbano. Apenas hay árboles y todo parece un desierto de piedra. Y siento fisiológicamente que estoy en Siria porque de repente las pulsaciones por minuto se incrementan. Aunque te digan que el lugar es completamente seguro y que la guerra civil terminó hace años, es inevitable que la adrenalina fluya más rápido. Me acabo de despedir del conductor que me ha traído hasta la frontera y, tras el paso de la aduana, me recoge otro vehículo, que me llevará a Damasco, a donde llegaré en una hora.

Acabo de cruzar una frontera extraña. Todas, un poco, lo son. Son lugares que no lo son realmente, lo cual es raro en un mundo como el actual, donde todo está tan privatizado, encasillado y dividido. Cruzar a pie de un país a otro agranda esa sensación de extrañeza, y hacerlo en la linde sirio-libanesa todavía más si cabe, porque esta frontera no acaba de estar completamente delimitada. El Líbano se separó de lo que era la Siria otomana en 1920 bajo el nombre de “Siria francesa” en 1920, algo que las autoridades de Damasco no llegaron a aceptar del todo.

El país abrió al turismo hace un tiempo, aunque está prohibido hacerlo por libre. Tras la guerra se podía hasta que un grupo de turistas estadounidenses se metieron en lugares no autorizados. Desde entonces, una agencia tiene que encargarse del visado y los permisos y acompañarte en todo momento. Yo conté con la inestimable ayuda de Ayoub, de Marrota Travel & Tourism. Al llegar al hotel, me recibe Munir, que será mi guía. Habla un español muy correcto y, tras saludarnos, me cambia euros a libras sirianas. No se puede sacar dinero, igual que en el Líbano, pero al contrario que aquí, no se puede cambiar en el banco y tan siquiera existe un mercado negro visible en la calle. Cambiar a euros (y ya no digamos a dólares) está penalizado con la cárcel. Había leído que, de hecho, no se puede ni mencionar la moneda de Estados Unidos, porque uno corre el riesgo de que le detengan.

Salimos a visitar una ciudad que está intacta. No se ve ninguna secuela de la guerra, que ya terminó hace años de forma más o menos general, aunque sigue habiendo algunas zonas en conflicto en puntos determinados del país. Lo que empezó en 2011 como una protesta pro-democrática y en contra del régimen de Bashar al-Ásad se acabó convirtiendo en un conflicto entre el ejército del país y varios grupos islamistas, en una guerra en la que al final acabarían interviniendo Estados Unidos, Turquía y Arabia Saudí por un lado y, por el otro, Rusia e Irán, que apoyarían al dictador. Siria se convirtió en el terreno de juego de una partida con contendientes a nivel mundial. Unos países de fuera de esa zona quieren que los de allí se enfrenten mientras haya hidrocarburos y fanatismo religioso. Estoy seguro de que sólo una de estas dos cosas terminará algún día.

Lo primero que hacemos es bordear por fuera las murallas, incluyendo el lugar por donde huyó San Pablo, hasta entrar por alguna de sus varias puertas a la parte antigua. El barrio de Bab Tuna, plagado de iglesias y conventos greco-ortodoxos, siriacos, maronitas y armenios, entre otras ramas del cristianismo, es un oasis de tranquilidad en la zona antigua de la ciudad y contrasta con el bullicio que hay en la parte musulmana. También por allí es un auténtico placer pasear, disfrutando del ajetreo en sus calles, mientras que Munir, entre explicación y explicación, canturrea la canción de Jeanette ¿Por qué te vas? .

Los zocos, como el más conocido, el de Al-Hamidiyah, bullen de actividad. Los diferentes gremios todavía ocupan zonas concretas: hay la parte dedicada a la venta de ropa, la de las especias y la del oro y la plata, entre otras. Recorremos también la Via recta, que era el antiguo cardo de los romanos y atraviesa la zona antigua horizontalmente en un trazado de unos tres quilómetros. Muchas de las casas del centro de Damasco son antiguas mansiones y la mayoría de ellas conserva su antiguo esplendor: los patios interiores están bellamente decorados y las fachadas contienen unos balcones de madera trabajada. La arquitectura damascena de hace varios siglos contrasta con las tiendas, entre las que se cuentan las carnicerías, que venden las partes comestibles de los corderos (es decir, prácticamente todo), coches estadounidenses de los años 50 y 60 del siglo pasado, como Fords y Buicks, un montón de gatos y, lógicamente, retratos de Al-Asad por doquier. “Antes no había tantos”, me explica Munir, mientras me invita a una bebida de regaliz. Es una forma de reivindicarse. Los opositores no lo querían, y ahora tienen dos tazas. Están obligados a verlo por todas partes. Todas las persianas están dibujadas con la bandera siria: tres franjas horizontales, la de arriba roja, la de en medio blanca con dos estrellas y la de abajo negra. Pero, en este caso, esto ya sucedía antes de la guerra. Impacta bastante, igualmente. Basar llegó al poder sin buscarlo. Oftalmólogo de profesión, se hizo con el cargo de presidente porque su hermano mayor, el heredero natural, murió en un accidente de tráfico en 1994. Su padre, Hafez Al-Asad, gobernaba Siria desde que en 1970 encabezó un golpe de estado.

(el resto del artículo aparecerá en el siguiente libro)

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