Historias del Interrail (y 2)

En 1997, un año después del viaje que hice con seis amigos más por Europa occidental usando el mítico billete que permitía desplazarse durante un mes en tren tanto como se quisiera (y, en nuestro caso, tanto como se pudiera), de nuevo nos embarcamos en una nueva aventura ferroviaria. Habían pasado 11 meses desde la anterior y bastantes cosas habían cambiado. De los siete que habíamos recorrido 18 ciudades en 21 días por Suiza, Alemania, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Francia, sólo tres repetíamos. Además, sumábamos una nueva incorporación, cuya eficiencia rápidamente cuestionamos en términos meramente de supervivencia: concretamente, cuando a los pocos días decidió cocinar unas legumbres deshidratadas. Y con eso no me refiero a esas que venden secas y con las que haces sopa, sino que el compañero se puso a calentar una lata al baño maría…sin poner agua: hirviéndola directamente dentro de la olla.

Con todo, la diferencia esencial respecto al primer Interrail fue, además lógicamente de los países a visitar, el planteamiento del propio viaje. En el año anterior la idea había sido visitar todas las obras de arte que habíamos estudiado en COU y preparado para el examen de la Selectividad. Recorrimos catedrales, iglesias y todos los museos posibles, incluyendo los de Berlín, Múnich, Ámsterdam y París (en el Louvre entramos gratis por el morro aduciendo que éramos menores de edad pero no lo podíamos demostrar porque habíamos olvidado el pasaporte en el hotel). Esta vez, en cambio, visitaríamos seis países en los cuales no habría ninguna obra que conociéramos. La falta de interés académico la compensaríamos por la curiosidad de ver cómo eran varios estados que no hacía tanto que habían salido del Comunismo (y, además, verlos de paso por la noche).

Si en el pasado viaje el país que molestaba era Suiza, ya que estaba en medio, no nos motivaba y nos impedía llegar a Alemania de un tirón, en este caso el problema fue Austria, aunque debo reconocer que en este caso sí que nos atraía un poco. Visitamos Viena, Innsbruck y Salzburgo en tres días y ya pasamos a uno de los puntos fuertes, Croacia, atravesando Eslovenia sin parar. El país balcánico ya era otro mundo para nosotros. Acostumbrados a lo que era Europa occidental, aquello era otra cosa…

Éramos grandes aficionados al baloncesto, así que nuestros «highlights» a ver, más que museos e iglesias, fueron las pistas de baloncesto de la Jugoplastika de Split (equipo de funesto recuerdo para el Barça) y de la Cibona de Zagreb. Conseguimos entrar en ambas. Para nosotros fue como el «hajj» de los musulmanes: una Meca a la que había que ir al menos una vez en la vida. En la capital croata, además, fuimos a la tumba de Drazen Petrovic, muerto en accidente de coche en su época de jugador de la NBA. Los cementerios ex-yugoslavos helaban la sangre al contener miles de tumbas de jóvenes que murieron en una guerra acabada apenas hacía dos años. Split me encantó, el centro de la ciudad es un palacio romano, el de Diocleciano, lo cual le da una característica única. Otra particularidad fue que, como íbamos sin libro-guía de los países que visitábamos (y lógicamente no había internet), dormíamos en el primer sitio que encontrábamos. Y por aquel entonces era habitual, al bajar del tren, que muchos locales se abalanzaran hacia los que bajábamos y ofrecieran su casa. Pensándolo ahora bien, quizás era una manera de ocupar las habitaciones vacías de sus hijos muertos en combate. No lo sé. Pero nos vino un anciano muy simpático, llamado Iván, y dormimos en su casa por un precio irrisorio.

En las instalaciones de la Jugoplastika de Split

Otra modalidad de alojamiento, la más habitual de hecho, fue el dormir en pabellones deportivos. Por el mismo precio con el que en Europa occidental dormías en una «big tent», unos dos euros al cambio, que eran unas enormes carpas en cuyo suelo de madera ponías la esterilla (o ni eso si no tenías), en Europa del Este podías hacerlo en grandes canchas de baloncesto habilitadas con literas en verano. Ahí sí vimos la diferencia en el nivel de vida respecto al viaje del año anterior, y no en los restaurantes, básicamente porque no fuimos a ninguno: la dieta de nuevo se basó durante tres semanas en pan de molde con latas de atún y embutido, además de pasta que calentábamos en un camping gas que llevábamos.

El lugar más habitual donde dormir en Europa del Este por dos duros: pabellones de baloncesto habilitados con literas. Mis patillas sólo salían en verano y estando fuera, en un acto de rebeldía ingenuo.

Budapest me encantó, aunque de hecho yo ya había estado con mis padres y hermanos un par de años antes. Al ir hacia el norte se dio el hecho de que el tren se paró al mediodía. Estábamos en el lago Balaton y resultó que ése era el mejor sitio del mundo para presenciar el gran eclipse que hubo en 1997. Fue espectacular poderlo vivir. Se hizo de noche durante unos instantes en pleno día y nos quedamos alucinados. Hice alguna foto pero salió muy oscura. Supongo que ésa era la gracia.

Hablando de trenes y paradas…estábamos en la época en que había que parar en cada frontera y enseñar el pasaporte, aunque fueran las tres de la madrugada. Al del baño maría le pilló en el lavabo, los policías empezaron a golpear su puerta para que saliera pero él pensaba que éramos nosotros haciendo broma, así que se negó a salir. Al cabo de un rato le vimos andar por las vías, casi a oscuras, saludándonos y sonriendo mientras le acompañaban dos militares. Esa noche tuvimos que pasar dos pasos fronterizos, ya que fuimos de Croacia a Polonia atravesando sin parar en Eslovaquia.

Uno de los compañeros, escuchando música en un casete, y yo

En algún lugar entre Austria y Hungría, creo…

Si Croacia nos había parecido muy diferente a lo acostumbrado, Polonia ya directamente era algo inaudito. Nunca había visto algo tan «soviético», y la verdad es que me encantó. Varsovia no me dijo nada, pero Cracovia, donde dormimos en una residencia de estudiantes que servía como hostal en verano, y Gdansk, me fascinaron. La experiencia con el alojamiento en esta última fue muy destacable también. Lo dicho, bajábamos del tren y dormíamos en el primer lugar que encontráramos siempre y cuando no costara más de tres euros al cambio de entonces. En este caso, y al no haber ancianos que ofrecieran habitaciones libres en su casa, preguntamos a una señora por la calle si conocía algún hotel barato. Nos dio las llaves del apartamento de su hijo y nos dijo que estaba fuera unas semanas, y que podíamos quedarnos ahí. Increíble. Fue en esta ciudad donde unos niños me mojaron con unas pistolas de agua, a lo que respondí quitándoselas y contraatacando sin piedad, tal como inmortalizó uno de los compañeros.

Aplicando mi propio «blitzkrieg»

En el apartamento de un desconocido, en Gdansk (Danzig, Polonia)

Visitando el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia

Los cuatro nos conocíamos de haber ido juntos a un colegio jesuita, el San Estanislao de Kostka, que fue un santo polaco, al igual que lo era el papa de entonces, Juan Pablo II. Así que otra peregrinación que queríamos hacer, junto a la de los pabellones croatas de baloncesto, era al pueblo natal del santo patrón de nuestra escuela. Visitamos Czestochova, un importante centro católico de la muy católica Polonia, pero no dimos con Kostka. Preguntamos y nadie nos sabía indicar. Luego nos enteramos que su apellido era «de Kostka», pero no quiere decir que naciera allí. Quien lo iba a decir. San Francisco de Asís nació en Asís, y San Antonio de Padua hizo lo propio en Padua. Lo lógico era pensar que el tal Estanislao hubiera nacido en un lugar llamado Kostka. Pero no. Nació en la localidad de Rostkowo, cerca de Varsovia. El por qué no lo buscamos antes es un misterio que aún no he podido resolver, supongo que lo dimos por hecho. En cualquier caso, la frustración no fue demasiado alta…en esos momentos mi máxima preocupación era sobrevivir a un importante dolor de muelas.

Al contrario que en el Interrail del año anterior, en el que hicimos por Europa del Este sí salimos por la noche. El problema es que yo, ya desde siempre, no he podido dormir nunca hasta tarde. Así pues, nos acostábamos a las 6:00 y a las 9:00 yo ya estaba despierto. Esto pasó varios días seguidos, con lo cual la bajada de defensas que sufrí fue importante, y me vino un dolor mandibular tan fuerte que lo pasé verdaderamente mal. Es muy posible, además, que viajáramos sin antibióticos, lo cual sin duda no ayudó a solucionar el problema.

Comparado con las ciudades polacas, Praga me pareció estéticamente más bonita pero, digamos, «antropológicamente» menos interesante. Y, además, fue el único lugar de los que visitamos lleno de turistas. Ciudades como Split, Budapest o Cracovia se pusieron de moda después, pero en 1997 no iba mucha gente. Viajar a Polonia a los 19 años entonces fue lo más exótico y excitante que había vivido nunca a nivel viajero. Después de ello, estar en la capital checa supuso tal decepción que sembró en mí una pequeña semilla de tirria a este perfil de ciudades.

Praga

De la República Checa pasamos a Nuremberg, una ciudad alemana muy bonita y donde nos alojamos, para luego empalmar algo así como cinco o seis trenes sin bajarnos durante dos días hasta volver a Barcelona. Se acabó así otro viaje, más cansado si cabe aún que el primero, y lleno de aventuras iniciáticas.

No quiero ponerme nostálgico, pero realmente viajar tenía un encanto que se ha perdido. No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Simplemente era diferente. No había internet y no podías buscar y reservar alojamientos (y menos mirar si tenían «reviews»), así que te la jugabas. Pero daba igual. Mientras tuviera cuatro paredes ya estaba bien. O quizás ni eso, porque con tres un techo, según cómo, ya se puede sostener.

Eran tiempos de viajar por Europa cambiando a moneda local cada tres días. De pasar fronteras con pasaportes. De llamar a casa a cobro revertido.

Al año siguiente iríamos a Marruecos, también en tren. No había vuelos «low cost» todavía.

En una habitación de un piso de estudiantes de Cracovia (Polonia)

2 respuestas a «Historias del Interrail (y 2)»

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