Historias del Interrail (primera parte)

Cuando tienes 18 años, poco dinero y muchas ganas de ver mundo y, concretamente, ver aquellas obras que acabas de estudiarte para el examen de la Selectividad de la asignatura de Historia del Arte, tienes dos opciones: resignarte o comprarte un pase de Interrail asumiendo que dormirás mal y comerás poco. Y así fue. Era el verano del 1996…han pasado 25 años ya.

El presupuesto era de 100.000 pesetas (600 euros al cambio) y el billete de tren ya costaba 40.000, lo cual dejaba 360 euros para subsistir en 18 ciudades en 21 días en Europa Occidental. Y no ciudades cualquiera; algunas de ellas estaban en algunos de los países más caros del mundo. Todo un ejercicio de ingeniería financiera.

Tantos lugares en tan poco tiempo es una locura que ahora no hubiera hecho ni de coña. Uno quiere saborear todo lo que ve, apreciar todos los detalles de las ciudades, pasear tranquilamente, hablar con los locales…Entonces no: el objetivo era convencer a mis 6 amigos y compañeros de viaje para ver el mayor número de obras de arte posible. Incluso salir de fiesta no era una prioridad para  mí. Si en 1996 hubiera habido un Premio Nobel al Mayor Nerd, seguramente me lo hubiera llevado de calle. Mis compañeros querían ir a Italia y Grecia, donde aún había más obras que habíamos tenido que estudiar para aquella temida prueba, pero yo ya conocía esos países. Así que optamos por Suiza, Alemania, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Francia.

Como el objetivo era profundamente ambicioso, teníamos que tenerlo todo previsto al detalle. La planificación era básica en un viaje así. Pero no había internet, así que tuvimos que buscar en bibliotecas y otros lugares libros con los horarios de todos los trenes de Europa, y llevar el itinerario estrictamente cerrado desde aquí. El objetivo, lo dicho: optimizar el tiempo y el dinero, visitando cuantas más ciudades en el menor tiempo posible (y con el menor gasto posible). 18 ciudades en 21 días con 360 euros, algunas de las cuales entre las más caras del mundo.  Y  en este contexto, el primer obstáculo no era fácil de superar: se trataba de Suiza.

Suiza, y la parte entre la frontera francesa y el país helvético, me molestaban. Estaban ahí como un impedimento para llegar a Alemania. Una piedra en forma de país caro y montañoso en el camino. Una enorme piedra. Ahora aprecio la naturaleza. La voy a buscar. Por aquel entonces, no. La única naturaleza que me interesaba era la que pintó El Bosco en El jardín de las delicias. Suiza no me atraía lo más mínimo, para mí era un país inútil. No había aportado ninguna obra a la historia del arte. No que yo supiera. No que hubiera estudiado para la selectividad al menos. Así que la idea era atravesarlo en el menor tiempo posible. Antes, con todo, había que llegar hasta allí, para lo cual había que cambiar de tren en la frontera hispano-francesa: una gran muestra de la marca España, a la que endosaron un ancho de vía en 1884 superior al resto de Europa, lo que entorpecía las relaciones económicas con el resto del continente. Otros países, como Holanda, lo tenían así, pero lo cambiaron. España no. Muy típico de aquí.

En los dos únicos días que pasamos en Suiza estuvimos viendo un chorro enorme en Ginebra (lo más destacado de la ciudad), y el centro de Berna y Zúrich. En esta ciudad fuimos a preguntar el precio de un hostal y, como para nosotros era absolutamente inasumible (el equivalente en francos suizos a 12 euros actuales; solo uno de nosotros, al que llamábamos «Strong», consideraba que no era un precio tan alto) decidimos dormir en el suelo de los lavabos de la estación de tren. Las sillas de la sala de espera eran individuales y, por tanto, uno no podía estar acostado. No éramos los únicos: ahí tumbado, bajo la pica, había también un japonés. Al día siguiente dimos un paseo en unas bicicletas alquiladas en Interlaken, para cumplir más que nada.

Superado ese mal necesario, llegamos a uno de los alicientes del viaje para mí: Alemania. Heidelberg y, especialmente Múnich y Berlín, me encantaron. Allí nos alojábamos en las afueras de las ciudades, en lugares llamados “big tents”. No sé si aún existen, pero entonces eran muy habituales: grandes carpas donde dormías, por unos 4 marcos (más o menos, dos euros), en el suelo de madera, encima de esterillas o lo que llevaras. Al bajar del tren había jóvenes que daban folletos con publicidad de esos alojamiento, a la vez que prometían té gratis y “fucking parties” (no vimos ninguna). En Múnich nos gustó especialmente la catedral, con esas cúpulas bulbosas en forma de cebolla, y la estatua del abuelo de Hitler. Por supuesto, no era tal. La figura ecuestre representaba a Bismarck o algún otro prócer germánico, pero engañamos al susodicho Strong y le incitamos a fotografiarlo. También le hicimos creer, días más tarde, que no habíamos podido visitar La Haya, y nos habíamos tenido que conformar con ir a Den Haag (que es lo que veíamos en los horarios de los trenes…y que es como se dice la ciudad del Tribunal de derechos humanos en neerlandés).

En Berlín, ciudad que me enamoró y a la que he vuelto varias veces, perdí mi cámara de fotos (o me la robaron, no lo sé). Allí nos ofrecieron dormir gratis en un centro para indigentes, pero nos salió la vena burguesa y decidimos ir a un albergue juvenil. Disfruté como un enano en el Museo de Pérgamo. Me encanta la capital alemana, es un lugar que transpira historia del siglo XX per todos los lados, y en constante transformación. Uno nunca se cansa de volver a Berlín: el ambiente hípster de Prenzlauer berg, el turco de Kreuzberg, los restos del muro…

Para ahorrar dinero, viajábamos en tren por la noche todo lo máximo que podíamos. El trayecto Berlín-Hamburgo no es muy largo, pero lo hicimos así, llegando a eso de las 5:00 de la mañana. Dejamos las mochilas en la taquilla de la estación, dimos paseo rápido por  una ciudad que nos pareció deprimente (por el cansancio, más que nada) y cogimos un tren a Copenaghe. Aluciamos cuando el tren entró dentro del ferry para atravesar el mar Báltico.

Instalamos la tienda de campaña en el jardín de la casa de un familiar de uno de los colegas y salimos a visitar la ciudad, incluyendo Christiania, esa especie “ciudad libre” autogestionaria, una especie de ciudad-comuna donde las drogas son legales. Aquel lugar nos hizo ver que había gente que estaba peor que nosotros. La visita a la capital danesa incluyó la foto de rigor con la Sirenita, cuya estatua rivaliza con la del Maneken Pis de Bruselas en cuanto a iconos sobrevalorados de una ciudad. Al menos en la belga hicimos la foto típica imitando al niño que mea; la danesa no da ni para eso. Otra atracción, nunca mejor dicho, de la ciudad, es el Tívoli, el parque lleno de tiovivos y tal, y que hay que ver más como un lugar histórico que como un lugar de diversión en sí mismo. Si Alemania nos había parecido cara (aunque luego, con la estafa del euro, acabaría siendo más barata que España), lo de Dinamarca no tenía nombre. Y cuando nos acercamos a Helsingborg para ver el famoso “castillo de Hamlet” y vimos que los suecos iban a Dinamarca a comprar cerveza porque allí era más barato, ni nos pudimos imaginar cómo sería la vida en Estocolmo. Curiosamente, uno de los compañeros de viaje lleva viviendo allí desde hace más de 10 años, o sea que él sí lo sabe bien.

Tras tres o cuatro días en Dinamarca, pillamos un tren a Ámsterdam, donde sí pudimos “descansar” varios días: estuvimos cuatro noches en un cámping que desprendía olor a marihuana por todos los lados. La capital holandesa nos sorprendió en muchos sentidos. Reconozco que, a pesar de que mi objetivo principal era visitar el Rijksmuseum, pasear por esa ciudad, contemplando su bonita arquitectura y sus canales, fue una de las mejores experiencias del viaje. Además de visitar lugares cercanos como La Haya o Rotterdam, también buscábamos pueblecitos en los que encontrar los clichés más famosos del país: los quesos de bola y los molinos. Esa es otra cosa de los primeros viajes que hice: buscar el tópico, la “imagen deseada” y prototípica del país y poder decir “lo he conseguido”. Se quiera o no, eso siempre está presente. Ahora es querer que te inviten a un té en Pakistán o asistir a un ritual vudú en Benín. Antes era comerse un croissant en París o ver un reloj de cuco en Basilea.

Atravesando el mar Báltico para ir de Alemania a Dinamarca. Flipamos cuando el tren entró en el ferry.

Tras 15 días de no dormir en un colchón excepto una noche en Berlín, en Bruselas sí fuimos a un albergue, porque estábamos molidos y necesitábamos que la espalda estuviera tumbada sobre algo blando al menos hasta el final del viaje. Alojarse en una habitación compartida era económicamente asumible, y más porque habíamos ahorrado mucho en comidas: la dieta diaria a base de pan de molde con foie gras equilibró el presupuesto de las noches allí (desde donde visitamos las bonitas ciudades de Brujas y Lieja). No es la capital más bonita de Europa pero debo reconocer que la gran escultura del Atomium era la mar de chula. Nos ventilamos el país de Tintín en tres días y cogimos un tren hacia la última parada, París. Allí seguimos con el derroche y nos volvimos a alojar en un hostal. Estaba en un barrio de mayoría musulmana y nos impresionó muchísimo. Incluso vi un dentista sacando muelas en plena calle. Para alguien para el que “la ciudad de la luz” (cursilería máxima) era Notre Dame, el Louvre y la torre Eiffel (todo lo ello lo visitamos, por supuesto, aunque a la torre no subimos porque estaba fuera del alcance de nuestros bolsillos), ver esa estampa más propia de su ex colonia argelina fue algo sorprendente.

Después de tres semanas de viaje, volvimos “directos” de París a Barcelona (lo de “directos” lo pongo entre comillas porque de nuevo tuvimos que hacer el cambio de tren en la frontera). Había sido una experiencia muy grata pero bastante agotadora. Al año siguiente cuatro de nosotros volveríamos a hacer un viaje en tren, esta vez por España, y luego uno por Marruecos, también de la misma manera (sí, parece mentira pero antes no podías volar a Casablanca, Fez o Marrakesh por cuatro duros como ahora, y la única manera era ir hasta Algeciras por tierra y allí coger un ferry). Y al siguiente, otro Interrail, esta vez por Europa del Este: En 1999 visitamos seis países, cinco de los cuales habían salido del comunismo hacía relativamente poco, y que no tenían ningún monumento que entrara en la Selectividad. El enfoque, por tanto, fue ligeramente diferente. Pero eso ya lo narraré en otro post. Para los que pregunten qué fue de Strong, diré que nunca más volvió a viajar con nosotros.

Haciendo «coachsurfing» en Tánger (Marruecos) antes de que se inventara esta palabra.

2 respuestas a «Historias del Interrail (primera parte)»

  1. Maravillosos viajes de juventud; no importaba qué, dónde ni en qué condiciones, sino IR, sin más. Mi primero fue con 16 a Marruecos… tremenda e irrepetible experiencia..! Ahora no es peor, es diferente 😉 Gracias por esta entrada tan nostálgica..!

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